Inaguración del monumento a César Borgia de Juaristi, 1935

Título: Acto de descubrir el monumento a César Borgia en el vestíbulo del Ayuntamiento de Viana. El monumento ha sido donado por su autor , el doctor C. Juaristi (Foto Roldan)
Fecha: 21/11/1935. pag. 47


Ver también Victoriano Juaristi (1881 - 1949)

Certamen de Relatos y Cuentos "Ciudad de Viana"

2007 - Edición XIX - PDF

2008 - Edición XXI

2009 - Edición XXII - PDF

2010 - Edición XXIII - PDF

2011 - Edición XXIV - PDF

2012 - Edición XXV - PDF

Capellanías en Viana

Título: El ojo de la aguja. Fundaciones religiosas testamentarias en la vicaría de Viana (1580-1805)
Autor: Julio Luis Arroyo Mediano
Fuente: GoogleBooks
Ver también:

Rendición del Príncipe de Viana

Título: Album cervantino aragonés de los trabajos literarios y artísticos con que se ha celebrado en Zaragoza y Pedrola el III Centenario de la edición príncipe del Quijote / publícalo la Duquesa de Villahermosa
Publicación: Madrid, 1905
Ficha

El Príncipe de Viana se rinde a su hermano el Duque de Villahermosa en la batalla de Aybar.
Ver también:

Novelas y teatro

Memorias de un hombre de acción. El aprendiz de conspirador. Pio Baroja. 1912


[...]Muchas veces, abandonando el libro Mayor y tomando las riendas, en el cochecito de su tío iba a Logroño, a Elciego, a La Bastilla, a Viana, para los negocios de vinos de la casa, y con frecuencia tenía que verse con los jefes del ejército.[...]

[...]Estas tres torres del pueblo, la de San Juan, la de Santa María, la de Sancho Abarca, servían para el telégrafo de señales con que el ejército se comunicaba con Viana y con otros pueblos de alrededor.[...]

[...]Uno de los muchachos que se había hecho amigo de Pello, buscando su arrimo, era Antonio Estúñiga, el hijo de un rico hacendado de Viana.[...]

Zalacaín el aventurero. Pío Baroja. 1909
Capítulo XII.
[...]Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corrían a impulsos del viento, y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo en un alto. Debía de ser Viana.[...]

Iacobus. Matilde Asensi. 2000


[...]Como ya era habitual, en la aljama de Torreviento, en Viana, nos informaron de que Sara acababa de marcharse apenas unas horas antes. Estábamos realmente tan quebrantados por la bata­lla contra el vendaval, que nos detuvimos a descansar en un hostal de la ciudad, el de Nuestra Señora de la Alberguería, donde unos criados nos ofrecieron una hogaza de pan excelente y un ánfora de inmejorable vino de la tierra. Jonás, que estaba callado como un muerto de puro cansancio, se tumbó sobre el banco en el que se hallaba sentado y desapareció de mi vista detrás de la mesa.[...]

Episodios Nacionales. Zumalacárregui. Benito Pérez Galdós. 1898


[...]—Yo estuve en la cuchipanda de San Fausto, pues, en el mes de Agosto… —dijo el otro—. Maté más cristinos que pelos tengo en la cabeza… Pero en Viana, el 3 de Septiembre, ya sabe… me atizaron un tanganazo en la pierna, y aquí me tiene en la impedimenta, que es muy aburría… En cuanto pueda me vuelvo a mi casa, donde hago más falta que aquí, ridiós… A la guerra le llama a uno el gustico que da, pero también llama la casa, y el aquel de la paz…»[...]

Episodios Nacionales. Vergara. Benito Pérez Galdós. 1899
Capítulo XVI.
[...]En tal estado, y siempre en seguimiento del Cuartel General, pasó el puerto de Población. Dos días de descanso en Eripán, donde le deparó Zabala un buen alojamiento, fueron el comienzo de la recuperación, que había de ser completa dos semanas más tarde en la histórica y por tantos títulos famosa ciudad de Viana.[...]

[...]Mientras se disponían los elementos necesarios para la expugnación de Labraza, pasó Espartero a Viana, donde estuvo dos días, y de allí a Logroño, ávido de un breve descanso en su casa. No le vio Calpena al partir; pero tuvo conocimiento de que el ilustre Caudillo no le olvidaba, por un recado amistoso que Zabala le transmitió, con estas palabras que de confusión le llenaron: «El General, además, te ruega que le esperes aquí, a su regreso de Logroño, pues tiene que hablarte». Por más que se devanaba los sesos, no acertaba D. Fernando en el descubrimiento del negocio que con él quería tratar el conde de Luchana. «¡Hablarme a mí! ¿De qué...?». Y en esta incertidumbre vivió una semana, aguardando la solución del acertijo, con el gozo de ver restablecida gradualmente su salud, pues las aguas y los alimentos de Viana hicieron entrar en razón a su estómago. A los pocos días de descanso y vida regalona en pueblo tan interesante, pudo montar a caballo y dar buenos paseos con sus amigos por el camino de Logroño, hasta llegar a los cerros donde se descubre el curso del Ebro caudaloso, la mole de la Redonda y el caserío y torres de la capital riojana.
Grata fue la resistencia del caballero en aquel pueblo de tanta nombradía en los anales de Navarra y de Castilla; disfrutó lo indecible examinando las señales y vestigios de nobleza en calles viejas y palacios desmantelados, en las antiquísimas iglesias de San Pedro y Santa María. Mucho había que leer en aquellas piedras. Los curas del arciprestazgo y los regidores de la ciudad franqueábanle códices y papeles interesantísimos, donde vio y gozó históricas hazañas, como la defensa que hizo el esforzado mosén Pierres de Peralta contra las tropas del Rey D. Enrique II, y los horrores de aquel memorable sitio en que las mujeres, así casadas como doncellas, manejaban las bombardas, trabucos, cortantes y otras diversas artillerías. Y fue tal el hambre que pasaron los vianeses, que viéronse obligados a comer caballos e otras fieras inusitadas, según reza un viejo pergamino. En la guerra de los Beaumonteses, que arrancó a Viana de la corona de Navarra para pasarla a la de Castilla, también había mucho digno de perpetuarse para ejemplo de los presentes. Vio D. Fernando el sepulcro de César Borja, duque de Valentinois, que allí murió, y los de otros ilustres varones de aquella tierra.[...]

[...]Llegó por fin la ocasión que tan vivamente deseaba Calpena, y viendo entrar a Don Baldomero en Viana al caer de la tarde de un caluroso día de Julio, no tuvo sosiego para esperar a que el General le llamase, y se fue a la casa de los Tidones, donde se alojaba, y solicitó audiencia, que al instante le fue concedida. Sentábase a la mesa D. Baldomero para cenar con el Arcipreste Don Alonso de Aimar, con el alguacil mayor o Merino, D. Lázaro Tidón, tres señoras de la familia de Tidón y Asúa, el General Van-Halen y otros; y convidado Fernando, aceptó gustoso la grata compañía. Hablando de la guerra, dijo el de Luchana con su franca llaneza: «No me la dio Maroto... Ya me había tragado yo que no vendría. Le conozco, es muy ladino, y no quiere comprometer el mando, que deseaba y que no le conviene soltar...». Sin saber cómo, la conversación recayó en cosas muy distintas de los sucesos militares, como la calidad de las judías verdes de Viana comparadas con las de Logroño. Sostenía el vencedor de Peñacerrada, conciliando la justicia con la galantería, que si al carnero de la merindad de Viana había que quitarle el sombrero, en judías de riñón y en pimientos morrones, donde estaba Logroño y su ribera, no había que mentar hortaliza. ¡Y para que se vean los misteriosos engranajes de la palabra humana! ¿Cómo pudo ser que del tratado de las alubias pasasen aquellos señores a la personalidad de César Borgia? Ello fue así, como también lo es que ninguno de los comensales, incluso el héroe, poseía nociones exactas de la vida y muerte de aquel afamado cardenal y guerrero, teniendo Calpena que desenvainar modestamente su corta erudición para ilustrar al esclarecido senado. No prestó gran atención Espartero a estas historias añejas, que otras más vivas le solicitaban, y aferrado a su idea, no cesaba de repetir: «Es muy ladino, muy ladino...».[...]


Sor Simona. Benito Pérez Galdós. 1915


[...]Sor Simona. Llevadme a Viana.

Clavijo. (Con alegria.) Muy bien.

Natika. (Llorando se agarra a la falda de Sor Simona.) Lléveme señora.

Miguela y Sampedro. Y a mi, y a mi.

Sor Simona. Sí, venid conmigo; desde Viana continuaré consagrando mi pobre existencia al socorro de los infelices y menesterosos; pero libremente... libremente... (Con elevada entonación) Quiero ser libre, como el soplo divino que mueve los mundos. (Todas las figuras de esta última escena se agrupan convenientemente para formar un hermoso cuadro.).[...]

A los pies de Venus (Los Borgia). Vicente Blasco Ibañez. 1926


Tercera Parte : Nuestro Cesar. V El ocaso y la muerte
[...]El 11 de febrero de 1507 atacó la plaza de Viana, cerca de Logroño. Las fuerzas con que contaba César podían hacerle dueño de dicha población rápidamente. Sus defensores carecían de víveres, y algunas bandas del conde de Lerim se movían durante la noche en torno al campamento de los sitiadores, buscando ocasión para introducir un convoy en la ciudad.[...]

[...]Quedaba el cadáver en la Iglesia de Santa María de Viana, bajo una tumba monumental, mezcla de las gracias del Renacimiento y las nobles formas del gótico florido español.
Figuraban en ella los Reyes de la Sagrada Escritura en actitud dolorosa, reflejando la emoción causada por la muerte de tal héroe, y sobre el sarcófago, un pomposo epitafio castellano empezaba del siguiente modo:

AQUÍ YACE EN POCA TIERRA
EL QUE TODA LE TEMÍA ;
EL QUE LA PAZ Y LA GUERRA
EN LA SU MANO TENÍA...

«Pero estaba escrito—siguió pensando Claudio—que ninguno de los Borgias dejase un monumento firme, recordando su paso por la Tierra. Calixto Tercero y Alejandro Sexto, después de ser enterrados en San Pedro, han venido a parar a una, iglesia española de Roma. La tumba de Lucrecia, princesa reinante de Ferrara, es hoy una simple losa con caracteres borrosos. Este monumento regio de César, costeado por el monarca de Navarra y que describieron varios autores españoles durante el siglo dieciséis, desapareció en el siglo diesisiete siendo hecho pedazos.»
El cadáver de César lo sacaban de la iglesia para volverlo a enterrar en plena calle. Fué esto venganza de un prelado a cuya diócesis pertenecía Viana.
Don Pedro de Aranda, obispo de Calahorra, había sido acusado de judaismo en 1498 y encerrado en el castillo de Sant' Angelo, prolongándose varios años su proceso. Era mayordomo de Alejandro VI, y éste tuvo que proceder así por exigencias de la Inquisición española y de Fernando el Católico, quienes veían con malos ojos el refugio concedido en Roma por el Pontífice a los judaizantes fugitivos de España.
Además, le fueron confiscados al obispo Aranda diez mil escudos de oro y otros diez mil que tenia en poder de varios banqueros, sumas considerables que sirvieron en parte para costear el suntuoso viaje de César a Francia, cuando le nombraron duque del Valentinado.
Murió Aranda a consecuencia del encarcelamiento, y uno de sus descendientes, también obispo de Calahorra, no podía hacer visitas a la Iglesia de Viana sin mirar con ojos de odio la tumba del hijo de Alejandro VI y como en aquel entonces ya se había generalizado la falsa leyenda de los Borgias, aprovechó una restauración del templo para hacer pedazos la ostentosa tumba y echar fuera los restos de César.
El obispo judaizante perseguido por la Inquisición española quedaba asi vengado.[...]

Navarra y Logroño por Madrazo

Título: Navarra y Logroño
Colección: España, sus monumentos, su naturaleza e historia
Autor: Pedro de Madrazo, 1816-1898
Publicación: Barcelona, D. Cortezo y ca
Año: 1886
Biblioteca: Harvard University
Fuente: Internet Archive (archive.org)
Tomo I Tomo II Tomo III
Viana. Tomo III, pg. 500



VIANA. — Tiene esta ciudad historia muy gloriosa. La fundó D. Sancho el Fuerte reuniendo en la localidad actual las aldeas de Longar, Tidón, Prezuelas, Cuevas, Piedrafita, Soto, Gorafio y Cornava (1). Si existía antes algún pueblo con el nombre de Viana, no se sabe; pero si le había, para nada sonaba, y D. Sancho le sacó de la oscuridad escogiéndole como lugar el más oportuno para formar una plaza de armas respetable en la frontera de Navarra mirando á Castilla. Aún se veían á principios
de este siglo por los contornos de la ciudad algunos vestigios de las iglesias de las referidas aldeas (2). Para impulsar el crecimiento de la nueva población, concedió aquel rey á sus vecinos grandes privilegios (3), y la ciñó además de fuertes muros para que sirvieran de firme baluarte al reino en caso de perderse la Rioja. Los de Viana correspondieron lealmente á la confianza que en ellos depositó la corona, la cual bajo los reinados de D. Teobaldo II, de D. Enrique, de Luís Hutino y Felipe el Luengo, de Carlos II y muchos de sus sucesores, le otorgó nuevas mercedes. Entre estas es una de las más notables la que le hizo la reina D.ª Blanca, viuda de D. Enrique, el último monarca de la dinastía de Champagne y Brie.


(1) Agregó también la aldea de Bargota, aunque esta no se despobló del todo. 
(2) Diccionario geográfico histórico de Navarra, art. Viana. 
(3) Pueden verse en el Diccionario de antigüedades de Yanguas, art. Viana. 
Entre ellos figuran algunos muy notables, como por ejemplo, el de que los de Viana no estuviesen obligados al juicio de batalla, del hierro candente y del agua hirviendo, sino que las pruebas se hiciesen por testigos ó juramento en la puerta de la iglesia de San Félix; que los clérigos no fuesen á hueste, sino á batalla campal con los demás habitantes, notándose ya en esto el principio de la inmunidad eclesiástica, tan exagerada en los tiempos posteriores.

El infante D. Fernando, hijo del rey de Castilla, había combatido á Viana tan reciamente por dos veces, y con tanta obstinación en 1274, que taló sus huertas y viñas é hizo á los habitantes grandes daños: éstos, para defenderse con más desembarazo, deshicieron sus aldeas,
derribaron todas las casas que tenían fuera de la muralla , más numerosas que las del interior de la villa, é hicieron otros sacrificios por mantenerse fíeles á su reina. Y ella, agradecida á tan generosa abnegación, que coronó el éxito, teniendo el infante que abandonar su empresa, libertó á Viana del censo que le pagaba cada casa, por medio de una carta de gracia concebida en los términos más honrosos y lisonjeros para su villa (1).
A principios del siglo xiv tuvieron los vecinos de Viana con tiendas acerca de la talla ó repartimiento de contribuciones vecinales para las fortificaciones y otras necesidades del pueblo, y acudieron al Gobernador del Reino, Alfonso Robray, en deman- da de justicia. El gobernador mandó que el concejo eligiese diez hombres buenos, que bajo juramento apreciasen las casas y las heredades del territorio de Viana y sus aldeas, formando una escala gradual de valores; que esta tasación se consignase en un libro y se entregase al concejo; y que hecho esto, los ju- rados de la villa, recorriéndola toda de un cabo al otro, fuesen tomando declaraciones á todos los vecinos acerca de sus propie- dades, así rústicas como urbanas, cotejando estas declaraciones con las valuaciones consignadas en el libro, á presencia de los interesados, y escribiendo en otro libro el rolde de los bienes manifestados ó declarados. Dictó las reglas que habían de obser- varse al hacer constar las mejoras de las fincas y las deprecia- ciones de las mismas; estableció los casos en que por la pérdida
de éstas cesaba la obligación de la talla^ y lo que había de pa- garse al tenor de las transformaciones verificadas en la propie- dad; con otras prevenciones de equidad y prudencia (2) que

(1) Puede verse en Yanguas, loe. cit.
(2) Una de las prevenciones que más descubren el vicio de las ocultaciones.



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502 NAVARRA



prueban no era aquel siglo tan atrasado en prácticas económicas como generalmente se cree, suponiendo que por no hablarse entonces de ciencia de Hacienda y de Economía política eran
ignorados sus fundamentos. Debemos pues reconocer que bajo el gobierno de Alfonso Robray tuvo Navarra, ó Viana al menos, su padrón de riqueza imponible, su catastro, sus juntas de ví^lo-
ración, etc., análogos á los que conocemos hoy.
No estaban los vianeses tan adelantados en materia de legis- lación criminal : en el último tercio del siglo xiv, tantos años después de redactadas en Castilla las sabias leyes de Partida, aún perseveraba en Navarra la bárbara costumbre de permitir la venganza privada para castigar, no sólo á los delincuentes co- nocidos, sino á los comunes que carecían de culpa, sólo porque en su territorio se había cometido el delito. Hoy que la au- toridad y el derecho de castigar se hallan refundidos en el Su- premo poder del Estado y en los tribunales, no comprende- mos apenas cómo podía ser respetada la autoridad de una reina constituida en el caso crítico que vamos á contemplar. — Dieron muerte una noche en Viana al escudero Martín de Araiz, sin poderse averiguar quién fuese el matador, á pesar de haber man- dado prender á ciertas personas en quienes habían recaído sos- pechas: mandó el consejo de la reina D.^ Juana, mujer de Car- los II, en ausencia de éste, que el concejo de la villa pagase
400 florines, de los cuales diese 100 al hermano del muerto para invertirlos en sufragios por su alma; pagó la villa 300 florines, y solicitó remisión de los 100 restantes, alegando sus buenos servicios y las pesadas cargas que el concejo había soportado en la empresa de Logroño y otros honrosos empeños de la co- y la sagacidad con que se procuraba poner remedio á este mal tan inveterado, es la que se reñere á la contribución impuesta sobre la riqueza mueble : En cuanto á los ganados y muebles, los jurados debían hacer declarar á cada vecino, bajo jura- mento, el valor que tuviese; pero al tiempo de repartir, debían gravar á estos bienes con doble cantidad que á los raíces porque el mueble (decía el gobernador; se />w«;ifi esconder^ ei porque pacen con sus ganados las yerbas et beben las agoas^ el porque son quitos de peajes^ que es franqueza de la v/7/a.—Yanguas, loe. cit.

roña; y la reina, movida de tan justificados motivos, le perdo- nó los IDO florines. Pero Lope de Andueza, escudero, hermano del asesinado Martín de Araiz, solicitaba de los vecinos y del
concejo de Viana la satisfacción de su venganza y los moles- taba con continuas amenazas y asechanzas, que el derecho y la costumbre le permitían ; y entonces la reina, para poner término
á una situación tan violenta, se humilló hasta escribir una carta al ofendido Lope pidiéndole que cesara en su venganza. Ordé- nale eo ella, como sabe ordenar una dama que ruega, que com-
parezca en su Consejo á recibir los cien florines al tercer día después de la próxima Epifanía, y añade: Nos desde agora para entonz les finamos (al concejo de Viana y á todos los vecinos y
habitantes de la villa) la dicta enemistad^ et les damos paz^ fin e¿ tregoa por vos et por todos los parientes- et valedores del dicto muerto^ et vedamos et defendemos á vos et a eillos, so pena de
encorrer en caso de traycion, que h los dictos de Viana ni a nin- guno deillos non fagades mul^ daño ni villanía en personas nin bienes, como a aqueillos con quienes habedes paz^ fin e tregoa (i).
La misma dureza de costumbres que revelaba esa insistencia del agraviado en obtener venganza y satisfacción, contribuía á dar al corazón de los vianeses un temple excepcional: cuando don Enrique de Castilla puso sitio á la villa navarra, en 1460, siendo ya ésta cabeza del principado de Viana, combatiéndola todos los dios con bombardas^ trabucos cortantes^ e otras diversas artillerías^ ellos se defendieron hasta tanto que fallesciéndoles provisión é mantenimiento^ venían en tiempo que comian caballos ¿ otras fieras inusitadas (2). Expugnó la villa D. Enrique, pero el sitio no fué menos glorioso para los sitiados. Defendía la plaza mosén Fierres de Peralta, condestable entonces de Navarra, que
resistió con grande ánimo los ataques del enemigo, y á no tener que hacer frente más que á los hombres, hubiera conservado la
( 1) Diccionario de la Academia de la Historia^ art. cit.
(2) Arch, de Comp. Caj. i6o, n.* 15.

villa; pero el hambre le obligó á capitular y rendirse, para lo cual obtuvo expresa licencia y mandato del rey su señor. Enton- ces entró en Viana D. Gonzalo de Saavedra, Capitán general de Castilla, y mientras él entraba por una puerta con la alegría del triunfo, salía por otra mosén Píérres vestido de luto, demos- trando así el dolor que le causaba su desgracia. No tardaron los vianeses* en repararla, porque luego cobraron nuevo aliento con la presencia del obispo de Pamplona y de D. Luís de Beau-
mont, conde de Lerín, y el alcalde, los jurados, los clérigos y legos aunaron sus esfuerzos contra el capitán invasor que se había hecho fuerte en el Castillo, y recobraron éste.




Llega el momento en que los reyes de Navarra, que disfrutaban en su reino de cierta tranquilidad, con motivo de la muerte inopinada del rey de Castilla, D. Felipe I de Austria, y de la vuelta del rey Católico al gobierno de aquel poderoso Estado, se ven precisados á renovar sus pretensiones á la restitución de las villas y lugares desmembrados de su corona en el Principado de Viana. El revoltoso conde de Lerín por su parte, esperanzado con el apoyo del rey D. Fernando, á quien ve restituido á la plenitud de su poderío en Castilla, rompe de nuevo las hostilidades contra el rey D. Juan de Labrit, y comienza una trabajosa campaña en que combaten con varia fortuna el ambicioso condestable, secretamente auxiliado por los castellanos, y el monarca ya amagado de la pérdida de su corona por las asechanzas del rey Católico. En esta coyuntura (año 1507) preséntase en el campo del rey de Navarra el duque de Valentinois, César Borja, fugado del castillo de la Mota de Medina del Campo, donde le había tenido preso D. Fernando el Católico desde fin del año 1506. El presentado era cuñado de D. Juan, casado con su hermana Carlota de Albret ó Labrit, la hermosa princesa que en su espléndido retiro de la Motte-Feuilly, en el Berry, cerca de su protectora y amiga Juana de Francia, la virtuosa repudiada de Luís XII, sin esperanza quizá de volver á estrechar en sus brazos al hombre con quien sólo estuvo unida algunos [...].

Viana siguió la suerte de las demás plazas fuertes de Navarra en la incorporación de este reino con la corona de Castilla. Decretóse después que con todas sus aldeas se agregase al corregimiento de Logroño; pero el emperador Carlos V revocó la orden en 1523 por haber reconocido que esto era en perjuicio de Navarra.
Acostumbraba el ayuntamiento de esta villa á celebrar todos los años, por la Pascua de Resurrección, una fiesta llamada del reinado que se reducía á reconocer sus términos y mesones y hacer una cacería general de liebres y conejos, tomando para el

(i) Esto se ha averiguado modernamente con motivo de haberse interesado 
con el Sr. Alcalde de Viana en la investigación, el Sr. Cónsul de Francia en San 
Sebastián, deseoso de proporcionar á nuestro amigo el distinguido escritor fran- 
cés M. Iriartc, arriba mencionado, datos sobre la tumba de César Borja. El Sr. don 
Víctor Cereceda, ilustrado teniente-alcalde, había mandado reconocer el Archivo 
municipal sin tener la suerte de hallar documento alguno relativo al asunto; pero 
con buen acuerdo se dejó guiar por la tradición, antigua en la ciudad, de que el 
cadáver de Borja había sido trasladado fuera de la iglesia y frente d ellaporáispo- 
sición de la autoridad eclesiástica, y acompañado del Secretario del Ayuntamien- 
to, se constituyó en la calle de la Rúa, contigua á la escalinata de Santa María, y 
allí, en presencia de varias personas, habiendo mandado practicar una excavación 
en el suelo, descubrió tres sepulturas, dos de ellas con huesos desordenados y re- 
vueltos, y otra con un cadáver entero pero ya en estado de pulverización, sin ins- 
cripción alguna ni señal que revelase la condición del sujeto. De estas tres sepul- 
turas ¿cuál es la de Borja? No es posible averiguarlo. 
(2) Recuérdese lo que hemos manifestado en este mismo capítulo hablando de 
la iglesia de la Asunción de Lerín. 

gasto un cordero de cada rebaño, y el pan y ofertorio de las iglesias. A vista de esta costumbre, entraban en el soto del rey y corrían la caza que encontraban; mas habiendo sido denunciado el ayuntamiento ante el Alcalde, recurrió al virrey para que no se le inquietase en ella: el cual mandó que no se procediese á más por entonces, pero que en lo sucesivo se observase la provisión acordada. — Viana fué elevada á la categoría de ciudad por el rey D. Felipe IV en 1630. El docto jesuíta P. Alesón, con tanta frecuencia citado en nuestro viaje, tuvo en ella su cuna. 
Durante la primera guerra carlista, fué sorprendido en esta ciudad por la división de Zumalacárregui , en 1834, el barón de Carondelet, general de las tropas de la reina. Mandaba éste una fuerza de 800 infantes y dos escuadrones de la Guardia Real, y se resistió con denuedo al primer choque de la división enemiga, pero después le fué forzoso repleglarse haciéndose fuerte en el convento de San Francisco, dentro de la población, donde permaneció hasta que la aproximación de una columna 
mandada en su auxilio hizo á los carlistas abandonar su empresa.



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