Leyendas y tradiciones estellesas (1938)

Título: Leyendas y tradiciones estellesas
Autor: J. M. Pedrosa
Fecha: 1938
Fuente: Gobierno de Navarra. navarra.es
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Bien sonado es este nombre en la región estellesa; pero también es cierto que salvo en Bargota, y en algún otro pueblecito de sus alrededores, se desconocen completamente los detalles interesantes que caracterizaron la vida de este nigromántico navarro del siglo XVI.
Hasta que la docta pluma del ilustrado canónigo bibliotecario de Roncesvalles, don Agapito Martínez
Alegría, escribió y publicó su vida y «milagros», nadie, si no es incidentalmente, se había preocupado
de sacar del olvido al brujo de Bargota.
Nosotros conocíamos, años há, varios episodios de su accidentada vida, por los relatos que escucháramos a los que en la última guerra civil habitaron transitoriamente aquella legendaria villa.
Como merece ocupar dignamente un lugar en esta galería de tradiciones, vamos a tratar de él, siquier
sea brevemente. Su nombre, fantástico y real, por lo novelesco de su existencia le hace acreedor a ello.
Como nuestra narración ha de ser breve, el amable lector que, despierto su apetito, desee saciarlo satisfactoriamente, no tiene más que gastarse diez y seis reales y pedir, en cualquier librería de la provincia, la obra «La batalla de Roncesvalles y el Brujo de Bargota», que el citad o autorpublicó en 1929 en los talleres tipográficos de «La Acción Social» de Pamplona», y podrá regalarse sabrosamente.
Y conste que no es reclamo y sí solamente deseo de guiar a los lectores que les haya picado el inquietante gusanillo de la curiosidad.
* * *
Johanes el de Bargota, más conocido por «El Brujo de Bargota», vino al mundo en la citada villa navarra, mediado yá el siglo XVI, siendo sus progenitores y ascendientes de rancio abolengo y desahogada posición, a juzgar por la blasonada casa solariega, por los ilustres apellidos que ostentaba
y por otras noticias que conjuntamente con su misteriosa vida nos han transmitido las pasadas generaciones.
Combinaciones de familia o impulsos de su afición, le hicieron inclinarse, ya mayor, por los estudios
eclesiásticos, cursando en la floreciente Universidad de Salamanca, emporio de la cultura de su época, donde al mismo tiempo se inició en las tenebrosas artes de la magia que tan negra fama le habían de dar más tarde en su tierra, cuando, ya clérigo, vino a posesionarse de una capellanía que
en la parroquia de su pueblo natal fundara un antepasado suyo, cuyo pingüe beneficio fue verdaderamente el resorte que le movió a estudiar.
Aquel apego e inclinación que mostró por las diabólicas artes, tan en boga en los comienzos de la época moderna, y que cultivó durante los cuatro años de su permanencia entre la grey estudiantil, le extraviaron de por vida, si bien en sus postreros días se retractó pública y sinceramente.
Cátate, lector, un clérigo beneficiado sentado orondamente en su silla de coro, entonando maquínalmente los salmos, con más afición a los sortilegios y ribetes de nigromancia que devoción por el latín y las rúbricas, qué efecto no causaría y a qué escándalo no daría lugar en una noble villa de la Montaña de Navarra, donde tanto apreciaban la religiosidad y buenas costumbres.
Tan discordes cualidades no pudieron cuajar, por tanto, entre las de sus convecinos y paisanos,
por lo que las relaciones llegaron a gran retraimiento por ambas partes, saludándose someramente y
huyendo de su sombra, como vulgarmente se dice, — aunque, según cuentan, carecía de sombra por haberlaperdido en lucha con el demonio—, para evita r cualquier mala influencia que la fama y los hechos le venían dando.
En el ambiente rural de Bargota, su categoría de clérigo, y por ende, de hombre de letras, tenía que
sobresalir su nombre y merecer respeto; pero la negra fama de brujo que le precedía, prontamente
autorizada por sus hechos, chocó tan fuertemente, que tuvo que aislarse del monótono tra to social de
los lugareños, dedicándose a sus desganados rezos, a atender las tierras que heredara y a ciertos
días misteriosos entre sus librotes, redomas y ungüentos. El h o rro r con que siempre se ha mirado la brujería y a quienes la practican, y en aquel entonces mucho más por estar en su apogeo, pudo más
que los atrayentes hábitos que ostentaba. Solamente se le veía al acudir, muchas veces
ya comenzados los oficios, al coro y cuando salía a dar una vuelta por sus tierras, distantes del
pueblo.
Las cábalas, suposiciones y comentarios a que su extraordinaria conducta daba lugar eran las continuas hablillas de sus convecinos, ya que si cualquier triv ia l asunto, en los vecindarios reducidos, da materia para hablar de largo, los interesantes, como en este caso, eran más que suficientes para charlar interminablemente.
En el resbaladizo terreno de las conversaciones sostenidas en las cotidianas tertulias caseras cimentaban la fama de Johanes; quién, contando sus hazañas misteriosas; quién, atribuyéndole cualidades sobrenaturales; quién, deslizando suavemente «haber oído» cómo cabalgaba a su antojo sobre las nubes, atraídas a su mágico conjuro; quién, asegurando haberle visto ejercer su extraordinario poder en determinados casos.
Y daban por cosa cierta su presencia en los aquelarres de Viana y Montes de Oca, donde las supersticiones más vergonzosas eran la orden del día de tan nefandas reuniones.
Y efectivamente, en aquellos actos demoníacos nocturnos que la Inquisición, al juzgarlos severamente, hizo famosos, podían haberlo visto muchas noches.
A llí se perfeccionaba en el manejo de los morteros, mezclas y ungüentos con que poder obrar nuevos
prodigios; allí ampliaba los conocimientos mágicos puestos en práctica.
Y esa era su vida; más que de simple clérigo, de romántico operador de la ciencia diabólica y de la
magia blanca.
Así que para los limitados alcances y credulidad de sus coetáneos eran maravillas de su hechicería
muchas de las aventuras en que intervenía o que le atribuían, y que, hábilmente examinadas, resultaban solamente juegos de ilus ión óptica limpiamente ejecutados.
Y así han pasado de unos a otros en ta l categoría, y nos han llegado hasta la hora presente, por
narraciones sucesivas de padres a hijos y como sucedidos ciertos, entre otros: la misteriosa construcción de su casa en una sola noche; el rebaño de doscientos chivos que hizo salir de su corral para re d im ir a un pobre de las garras de un tacaño usurero; la pública escapatoria de su tocayo Juan Lobo, el bandido de Punicastro, que, encerrado en Bargota, salió ileso gracias a sus ungüentos; el trueque de la pierna cuando cierta noche fueron a prenderle los ministros de la ju s tic ia in q u is ito ria l de Logroño; los encantamientos que hizo encima de la plaza de toros de la coronada v illa de Madrid, en presencia de miles de espectadores; el castigo  ingular que empleó con el abad de Otiñano; la ju garreta que le «gastó» a un testarudo arriero de Aguilar, atándole la recua en la torre de Santa María de Viana, y varios más divertidos y regocijados sucesos, verídicos o imaginarios, que pueden verse por extenso en la mencionada obra.
Sobre la vida de Johanes y sobre la adjuración de sus errores, que realizó en sus últimos años, in fluyó grandemente Viana, cuya ciudad tenía para él dos poderosos atractivos: sus mejores fincas a
su entrada, que visitaba a menudo, y la «casa de las brujas» en el arrabal de la Magdalena, donde
periódicamente acudía y en cuyo caserón vivía la famosa «ciega de Viana», condenada por el Tribu
nal de la Inquisición de Logroño^en 1610, y que pereció  en las llamas por su obstinación.
A llí presenció Johanes, sí que como mero espectador, el espeluznante y bárbaro descuartizamiento
del anciano Conde de Aguilar, a quien la cieguecita, con sus brujerías y encantamientos, pensó alcanzarle la inm ortalidad en la tierra.
El natural fracaso de este acto inhumano dio lu gar a que, descubierto por la justicia, interviniera
el Tribunal del Santo Oficio, y aprehendiendo a to dos los asiduos congregantes de la casa de las brujas, diera con ellos en la cárcel.
En el solemne acto de fe del citado año salió Johanes bastante bien librado merced a las declaraciones
de sus compañeros, en las que resultó no haber sido más que testigo pasivo del caso, bien
que experimentó los rigores del presidio y la condenación por un año a llevar públicamente colgado
del cuello un «sambenito» en el que se leía: «Señor, perdonad al nigromántico», después de adjurar de sus errores y hacer expresa y pública profesión de fe católica.
Suficiente experiencia le fue la adquirida tan a sus expensas en aquellos meses con el referido acto,
sirviéndole para mudar radicalmente su rara manera de v iv ir.
Una vez absuelto y de regreso a su pueblo, lla mó al señor Abad, y haciéndole entrega de sus l i bros
e instrumentos, malditos compañeros suyos durante tantos años, le indicó los quemase p úblicamente,
como condenación del n otorio escándalo que había ejercido.
Todavía v iv ió unos cinco años, cuyo período de tiempo fue de grande edificación para quienes conocieron sus extravíos.
Las horas que antes destinaba a nefastos entretenimientos, las div idía ahora entre la caridad y la
oración. Socorría con largueza a los pobres y menesterosos, y se mortificaba continuamente con
penitencias y sacrificios, en expiación de sus pecados y para b o rra r la amarga memoria que tras sí
dejara.
Llegado su ú ltim o día, retractóse nuevamente de sus pasados yerros en presencia de los vecinos del
lugar, que pudieron atestiguar cómo lo había hecho con lágrimas de verdadero arrepentimiento. Y p idiendo humildemente perdón a todos, dejó de e x is tir. En su testamento legó sus bienes a los pobres de la v illa , perdonando a otros las deudas que con él tenían contraídas.
Esta es, en resumen, la vida de Johanes de Bargota. S i interesante p o r el carácter novelesco que
reviste su nigromancia, más dichosa p o r el feliz remate que tuvo, pudiendo decir con el salmista:
Beati mortui qui in Domino moriuntur (Bienaventurados los que mueren en el Señor).
***
Como final y para regocijo del le c to r vamos a referir brevemente dos casos o aventuras de las que
de él se cuentan. El p rim e r caso dicen le o cu rrió en un viaje que hizo a Pamplona en los «sanfermines» del ú ltim o
año del siglo X V I.
Salió Johanes de su pueblo, de madrugada, muy
emperegilado, y en el «caballíco de San Francisco»
recorrió los buenos setenta kilómetros que hay desde
dicha v illa a la vieja Iruña, adonde llegó muy
entrada la noche y en medio de la animación de
los iruñshemes y las dulzainas. Cansado y maltrecho,
dio prontamente con su acostumbrado parador,
pidiendo, sin más preámbulos, a la mesonera
una cama para reposar.
—Ah! maese Johanes, contestó; por esta vez podéis
dispensar, pero no hay ninguna cama vacía.
De haber avisado vuestro viaje, os guardáramos reservado
un aposento.
—Pues, en ese caso, deme un ruedo de esparto
y guíeme a cualquier pieza de la casa, que mis molidos
huesos no pueden ya con este desvencijado
cuerpo.
Llevóle la mesonera a un aposento donde dormía,
en la única cama que en él había, el Abad de
Otiñano con un sobrino adolescente. Atizó Johanes
el candil que le dejaran, y tosiendo fuerte e in tencionadamente,
despertó al buen cura de su tierra,
y mutuamente se reconocieron; pero ambos,
muy contrariados, supieron disimularlo, si bien
convencido el de Otiñano de que aquella noche
dormía un brujo en su misma habitación. Pidióles
Johanes perdón con mucha mesura, tendió su ruedo
en el suelo, y les dijo, con voz cavernosa y alarmante:
—Miren sus mercedes que yo acostumbro a d o rm
ir sin cabeza.
Los otros, con los ojos casi cerrados por disimular,
pero con la imaginación despierta, mirábanle
sobresaltados. Johanes, aflojando ciertos resortes,
comenzó a destornillarse la cabeza, la cual, al cabo
de unas vueltas, quedó separada del tronco, y fue
a colocarla aparatosamente en la mesa que en el
centro de la estancia había, dejándola, de propio
intento, con el rostro vuelto hacia la cama, a la
que miraba con sanguinolentos y saltones ojos.
Ver esto, dar un grito de h o rro r y saltar del lecho
el Abad y su sobrino, fue cosa de un instante,
y en paños menores salieron del aposento, disparados
como una centella.
Entre tanto Johanes, riendo su treta y ajustándose
de nuevo la cabeza al cuerpo, d ijo para sus
adentros: «¡Veremos cómo salimos de ésta!» Y tendiéndose
en el suelo comenzó a roncar.
Alarmados los mesoneros y sirvientes, subieron
acompañados del Abad y armados de gruesos garrotes;
penetraron en el cuarto, y encontrando íntegro
a Johanes (a quien esperaban ver sin cabeza),
reposando sosegadamente, volvieron a la cocina
y trataron de loco al de Otiñano; el cual, burlado,
vistiéndose prontamente salió de la posada, maldiciendo
la hora en que le ocurrió hospedarse en ella.
Johanes, en vista del buen cariz que tomó el asunto
y satisfecho de su hazaña, se acomodó muellemente
en la abandonada cama, en la que descansó
tranquilamente hasta las altas horas del siguiente
día.
La otra aventura le «pasó» en Viana, donde se
encontraba accidentalmente con motivo de un entie
rro de solemnidad, y a cuyo cabildo correspondía
para estos casos.
Tropezóse a su llegada a la ciudad con un ambelero,
o vendedor de vasija que recorría las calles
voceando la mercancía que llevaba acomodada sobre
dos caballerías. Preguntóle Johanes, entre curioso
y burlón, qué clase de género pregonaba. El
ambulante, que estaba cansado de tanto vocear y
no vender, contestóle de mal talante:
—¡Cuernos llevo! seor bachiller.
—Mejor os fuera llevar cuernos que no vasija de
ambel—díjole Johanes,—y si no, al tiempo,- ya lo
veréis.
Y continuaron cada cual su camino el uno a la
iglesia y el otro a la plaza, a descargar la mercancía
en el puesto acostumbrado, esparciendo por el
suelo su modesto artículo.
Terminado el funeral, los beneficiados con nuestro
Johanes salieron a tomar el sol y charlar por el
pórtico de la parroquia, en espera de «hacer hora»
de la comida. Recayó la conversación sobre las artes
mágicas que tanto en aquella época preocupaban,
y rogaron insistentemente a Johanes hiciese en
su presencia algún prodigio de aquellos que él sabía,
«según era pública voz y fama». Accedió Johanes,
recordando el encuentro de la mañana y deseoso
de dar una lección al irascible ambelero.
Adelantóse a la barandilla del pórtico debajo del
cual tenía éste extendido su género, y sacudiendo
con fuerza su manteo, salió de él una lucida banda
de perdices que. azoradas, fueron a refugiarse presurosas
dentro de los pucheros, ollas y cazuelas
que les brindaban su abrigo. A }a sazón, por ser la
hora del medio día, llegaba y pasaba por la plaza
una cuadrilla de escardadoras con sus azadillas al
hombro ; las cuales, ante la magnífica e inesperada
ocasión que se ofrecía, se lanzaron animosas sobre
las aves, y «zadillazo» va y «zadillazo» viene, golpe
p o r aquí, golpe p o r allá, clis, cías... no dejaron cacharro
sano, sin llegar a cobrar n i una pieza de las
embrujadas perdices, que desaparecieron como po r
encanto. El fuerte y arremolina do v ie nto que soplaba
coronó el éxito de aquel juego de ilu s ió n óptica.
La risa de los beneficiados no es para descrita;
en cambio el ambelero, con las manos en la cabeza
lamentaba inconsolable la catástrofe que había
dado p o r tie rra tan rápidamente con su menguada
fo rtu n a .
A los ru id o s llegó el regidor, y haciéndose cargo
del caso prom e tió al abatido alfarero a dm in is tra r
recta ju s tic ia .
Johanes y los beneficiados bajaron a la plaza, y
dirigiéndose aquél a éstos, les d ijo :
—M ire n vuesas mercedes, que lo que es causa
causae est causa causati.
Y después al ambelero recordó su intemperancia
de la mañana, diciéndole:
—¿Con que no eran cuernos lo que llevaba vuestra
recua? Ved que si fueran tales, como afirm abais,
no llo ra ría is agora «pitos».
Dispuestos los beneficiados a arreglar la cuestión
de los desperfectos ocasionados, prometieron al
reg id or pagar los v id rio s rotos, ya que habían sido
los causantes morales de lo o c u rrid o .
E xprim ien do el b o ls illo abonaron al ambelero a
ducado p o r barba, con lo cual el buen hombre se
d io p o r satisfecho y los beneficiados pagaron cara
la experiencia de ver a Johanes obrando prodigios.
Aun pudo vender el alfarero una tinaja que había
quedado sana por casualidad, dentro de la cual
encontró la compradora una perdicica de papel
muy bien pintada y rellena de guano, la cual pesaba
como una paja, según aseguraban los que la
vieron.