Navarra y Logroño por Madrazo

Título: Navarra y Logroño
Colección: España, sus monumentos, su naturaleza e historia
Autor: Pedro de Madrazo, 1816-1898
Publicación: Barcelona, D. Cortezo y ca
Año: 1886
Biblioteca: Harvard University
Fuente: Internet Archive (archive.org)
Tomo I Tomo II Tomo III
Viana. Tomo III, pg. 500



VIANA. — Tiene esta ciudad historia muy gloriosa. La fundó D. Sancho el Fuerte reuniendo en la localidad actual las aldeas de Longar, Tidón, Prezuelas, Cuevas, Piedrafita, Soto, Gorafio y Cornava (1). Si existía antes algún pueblo con el nombre de Viana, no se sabe; pero si le había, para nada sonaba, y D. Sancho le sacó de la oscuridad escogiéndole como lugar el más oportuno para formar una plaza de armas respetable en la frontera de Navarra mirando á Castilla. Aún se veían á principios
de este siglo por los contornos de la ciudad algunos vestigios de las iglesias de las referidas aldeas (2). Para impulsar el crecimiento de la nueva población, concedió aquel rey á sus vecinos grandes privilegios (3), y la ciñó además de fuertes muros para que sirvieran de firme baluarte al reino en caso de perderse la Rioja. Los de Viana correspondieron lealmente á la confianza que en ellos depositó la corona, la cual bajo los reinados de D. Teobaldo II, de D. Enrique, de Luís Hutino y Felipe el Luengo, de Carlos II y muchos de sus sucesores, le otorgó nuevas mercedes. Entre estas es una de las más notables la que le hizo la reina D.ª Blanca, viuda de D. Enrique, el último monarca de la dinastía de Champagne y Brie.


(1) Agregó también la aldea de Bargota, aunque esta no se despobló del todo. 
(2) Diccionario geográfico histórico de Navarra, art. Viana. 
(3) Pueden verse en el Diccionario de antigüedades de Yanguas, art. Viana. 
Entre ellos figuran algunos muy notables, como por ejemplo, el de que los de Viana no estuviesen obligados al juicio de batalla, del hierro candente y del agua hirviendo, sino que las pruebas se hiciesen por testigos ó juramento en la puerta de la iglesia de San Félix; que los clérigos no fuesen á hueste, sino á batalla campal con los demás habitantes, notándose ya en esto el principio de la inmunidad eclesiástica, tan exagerada en los tiempos posteriores.

El infante D. Fernando, hijo del rey de Castilla, había combatido á Viana tan reciamente por dos veces, y con tanta obstinación en 1274, que taló sus huertas y viñas é hizo á los habitantes grandes daños: éstos, para defenderse con más desembarazo, deshicieron sus aldeas,
derribaron todas las casas que tenían fuera de la muralla , más numerosas que las del interior de la villa, é hicieron otros sacrificios por mantenerse fíeles á su reina. Y ella, agradecida á tan generosa abnegación, que coronó el éxito, teniendo el infante que abandonar su empresa, libertó á Viana del censo que le pagaba cada casa, por medio de una carta de gracia concebida en los términos más honrosos y lisonjeros para su villa (1).
A principios del siglo xiv tuvieron los vecinos de Viana con tiendas acerca de la talla ó repartimiento de contribuciones vecinales para las fortificaciones y otras necesidades del pueblo, y acudieron al Gobernador del Reino, Alfonso Robray, en deman- da de justicia. El gobernador mandó que el concejo eligiese diez hombres buenos, que bajo juramento apreciasen las casas y las heredades del territorio de Viana y sus aldeas, formando una escala gradual de valores; que esta tasación se consignase en un libro y se entregase al concejo; y que hecho esto, los ju- rados de la villa, recorriéndola toda de un cabo al otro, fuesen tomando declaraciones á todos los vecinos acerca de sus propie- dades, así rústicas como urbanas, cotejando estas declaraciones con las valuaciones consignadas en el libro, á presencia de los interesados, y escribiendo en otro libro el rolde de los bienes manifestados ó declarados. Dictó las reglas que habían de obser- varse al hacer constar las mejoras de las fincas y las deprecia- ciones de las mismas; estableció los casos en que por la pérdida
de éstas cesaba la obligación de la talla^ y lo que había de pa- garse al tenor de las transformaciones verificadas en la propie- dad; con otras prevenciones de equidad y prudencia (2) que

(1) Puede verse en Yanguas, loe. cit.
(2) Una de las prevenciones que más descubren el vicio de las ocultaciones.



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prueban no era aquel siglo tan atrasado en prácticas económicas como generalmente se cree, suponiendo que por no hablarse entonces de ciencia de Hacienda y de Economía política eran
ignorados sus fundamentos. Debemos pues reconocer que bajo el gobierno de Alfonso Robray tuvo Navarra, ó Viana al menos, su padrón de riqueza imponible, su catastro, sus juntas de ví^lo-
ración, etc., análogos á los que conocemos hoy.
No estaban los vianeses tan adelantados en materia de legis- lación criminal : en el último tercio del siglo xiv, tantos años después de redactadas en Castilla las sabias leyes de Partida, aún perseveraba en Navarra la bárbara costumbre de permitir la venganza privada para castigar, no sólo á los delincuentes co- nocidos, sino á los comunes que carecían de culpa, sólo porque en su territorio se había cometido el delito. Hoy que la au- toridad y el derecho de castigar se hallan refundidos en el Su- premo poder del Estado y en los tribunales, no comprende- mos apenas cómo podía ser respetada la autoridad de una reina constituida en el caso crítico que vamos á contemplar. — Dieron muerte una noche en Viana al escudero Martín de Araiz, sin poderse averiguar quién fuese el matador, á pesar de haber man- dado prender á ciertas personas en quienes habían recaído sos- pechas: mandó el consejo de la reina D.^ Juana, mujer de Car- los II, en ausencia de éste, que el concejo de la villa pagase
400 florines, de los cuales diese 100 al hermano del muerto para invertirlos en sufragios por su alma; pagó la villa 300 florines, y solicitó remisión de los 100 restantes, alegando sus buenos servicios y las pesadas cargas que el concejo había soportado en la empresa de Logroño y otros honrosos empeños de la co- y la sagacidad con que se procuraba poner remedio á este mal tan inveterado, es la que se reñere á la contribución impuesta sobre la riqueza mueble : En cuanto á los ganados y muebles, los jurados debían hacer declarar á cada vecino, bajo jura- mento, el valor que tuviese; pero al tiempo de repartir, debían gravar á estos bienes con doble cantidad que á los raíces porque el mueble (decía el gobernador; se />w«;ifi esconder^ ei porque pacen con sus ganados las yerbas et beben las agoas^ el porque son quitos de peajes^ que es franqueza de la v/7/a.—Yanguas, loe. cit.

roña; y la reina, movida de tan justificados motivos, le perdo- nó los IDO florines. Pero Lope de Andueza, escudero, hermano del asesinado Martín de Araiz, solicitaba de los vecinos y del
concejo de Viana la satisfacción de su venganza y los moles- taba con continuas amenazas y asechanzas, que el derecho y la costumbre le permitían ; y entonces la reina, para poner término
á una situación tan violenta, se humilló hasta escribir una carta al ofendido Lope pidiéndole que cesara en su venganza. Ordé- nale eo ella, como sabe ordenar una dama que ruega, que com-
parezca en su Consejo á recibir los cien florines al tercer día después de la próxima Epifanía, y añade: Nos desde agora para entonz les finamos (al concejo de Viana y á todos los vecinos y
habitantes de la villa) la dicta enemistad^ et les damos paz^ fin e¿ tregoa por vos et por todos los parientes- et valedores del dicto muerto^ et vedamos et defendemos á vos et a eillos, so pena de
encorrer en caso de traycion, que h los dictos de Viana ni a nin- guno deillos non fagades mul^ daño ni villanía en personas nin bienes, como a aqueillos con quienes habedes paz^ fin e tregoa (i).
La misma dureza de costumbres que revelaba esa insistencia del agraviado en obtener venganza y satisfacción, contribuía á dar al corazón de los vianeses un temple excepcional: cuando don Enrique de Castilla puso sitio á la villa navarra, en 1460, siendo ya ésta cabeza del principado de Viana, combatiéndola todos los dios con bombardas^ trabucos cortantes^ e otras diversas artillerías^ ellos se defendieron hasta tanto que fallesciéndoles provisión é mantenimiento^ venían en tiempo que comian caballos ¿ otras fieras inusitadas (2). Expugnó la villa D. Enrique, pero el sitio no fué menos glorioso para los sitiados. Defendía la plaza mosén Fierres de Peralta, condestable entonces de Navarra, que
resistió con grande ánimo los ataques del enemigo, y á no tener que hacer frente más que á los hombres, hubiera conservado la
( 1) Diccionario de la Academia de la Historia^ art. cit.
(2) Arch, de Comp. Caj. i6o, n.* 15.

villa; pero el hambre le obligó á capitular y rendirse, para lo cual obtuvo expresa licencia y mandato del rey su señor. Enton- ces entró en Viana D. Gonzalo de Saavedra, Capitán general de Castilla, y mientras él entraba por una puerta con la alegría del triunfo, salía por otra mosén Píérres vestido de luto, demos- trando así el dolor que le causaba su desgracia. No tardaron los vianeses* en repararla, porque luego cobraron nuevo aliento con la presencia del obispo de Pamplona y de D. Luís de Beau-
mont, conde de Lerín, y el alcalde, los jurados, los clérigos y legos aunaron sus esfuerzos contra el capitán invasor que se había hecho fuerte en el Castillo, y recobraron éste.




Llega el momento en que los reyes de Navarra, que disfrutaban en su reino de cierta tranquilidad, con motivo de la muerte inopinada del rey de Castilla, D. Felipe I de Austria, y de la vuelta del rey Católico al gobierno de aquel poderoso Estado, se ven precisados á renovar sus pretensiones á la restitución de las villas y lugares desmembrados de su corona en el Principado de Viana. El revoltoso conde de Lerín por su parte, esperanzado con el apoyo del rey D. Fernando, á quien ve restituido á la plenitud de su poderío en Castilla, rompe de nuevo las hostilidades contra el rey D. Juan de Labrit, y comienza una trabajosa campaña en que combaten con varia fortuna el ambicioso condestable, secretamente auxiliado por los castellanos, y el monarca ya amagado de la pérdida de su corona por las asechanzas del rey Católico. En esta coyuntura (año 1507) preséntase en el campo del rey de Navarra el duque de Valentinois, César Borja, fugado del castillo de la Mota de Medina del Campo, donde le había tenido preso D. Fernando el Católico desde fin del año 1506. El presentado era cuñado de D. Juan, casado con su hermana Carlota de Albret ó Labrit, la hermosa princesa que en su espléndido retiro de la Motte-Feuilly, en el Berry, cerca de su protectora y amiga Juana de Francia, la virtuosa repudiada de Luís XII, sin esperanza quizá de volver á estrechar en sus brazos al hombre con quien sólo estuvo unida algunos [...].

Viana siguió la suerte de las demás plazas fuertes de Navarra en la incorporación de este reino con la corona de Castilla. Decretóse después que con todas sus aldeas se agregase al corregimiento de Logroño; pero el emperador Carlos V revocó la orden en 1523 por haber reconocido que esto era en perjuicio de Navarra.
Acostumbraba el ayuntamiento de esta villa á celebrar todos los años, por la Pascua de Resurrección, una fiesta llamada del reinado que se reducía á reconocer sus términos y mesones y hacer una cacería general de liebres y conejos, tomando para el

(i) Esto se ha averiguado modernamente con motivo de haberse interesado 
con el Sr. Alcalde de Viana en la investigación, el Sr. Cónsul de Francia en San 
Sebastián, deseoso de proporcionar á nuestro amigo el distinguido escritor fran- 
cés M. Iriartc, arriba mencionado, datos sobre la tumba de César Borja. El Sr. don 
Víctor Cereceda, ilustrado teniente-alcalde, había mandado reconocer el Archivo 
municipal sin tener la suerte de hallar documento alguno relativo al asunto; pero 
con buen acuerdo se dejó guiar por la tradición, antigua en la ciudad, de que el 
cadáver de Borja había sido trasladado fuera de la iglesia y frente d ellaporáispo- 
sición de la autoridad eclesiástica, y acompañado del Secretario del Ayuntamien- 
to, se constituyó en la calle de la Rúa, contigua á la escalinata de Santa María, y 
allí, en presencia de varias personas, habiendo mandado practicar una excavación 
en el suelo, descubrió tres sepulturas, dos de ellas con huesos desordenados y re- 
vueltos, y otra con un cadáver entero pero ya en estado de pulverización, sin ins- 
cripción alguna ni señal que revelase la condición del sujeto. De estas tres sepul- 
turas ¿cuál es la de Borja? No es posible averiguarlo. 
(2) Recuérdese lo que hemos manifestado en este mismo capítulo hablando de 
la iglesia de la Asunción de Lerín. 

gasto un cordero de cada rebaño, y el pan y ofertorio de las iglesias. A vista de esta costumbre, entraban en el soto del rey y corrían la caza que encontraban; mas habiendo sido denunciado el ayuntamiento ante el Alcalde, recurrió al virrey para que no se le inquietase en ella: el cual mandó que no se procediese á más por entonces, pero que en lo sucesivo se observase la provisión acordada. — Viana fué elevada á la categoría de ciudad por el rey D. Felipe IV en 1630. El docto jesuíta P. Alesón, con tanta frecuencia citado en nuestro viaje, tuvo en ella su cuna. 
Durante la primera guerra carlista, fué sorprendido en esta ciudad por la división de Zumalacárregui , en 1834, el barón de Carondelet, general de las tropas de la reina. Mandaba éste una fuerza de 800 infantes y dos escuadrones de la Guardia Real, y se resistió con denuedo al primer choque de la división enemiga, pero después le fué forzoso repleglarse haciéndose fuerte en el convento de San Francisco, dentro de la población, donde permaneció hasta que la aproximación de una columna 
mandada en su auxilio hizo á los carlistas abandonar su empresa.



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