Mostrando entradas con la etiqueta carlismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carlismo. Mostrar todas las entradas

Una página de guerra civil, 1875

Título: Lettre d'Espagne. Une Page de guerre civile.
Autor: Aguilar
Publicación: Le XIXe Siècle. Journal republicain Conservateur
Fecha: 23 junio 1875



Carta desde España. Una página de la guerra civil.
Logroño, 17 de junio de 1875.

Por primera vez en tres años los habitantes de Navarra asistieron a una auténtica suspensión de armas. Todo el territorio de Viana y el camino real entre esta villa y Logroño fueron declarados neutrales mediante convenio firmado por los comisionados delegados en nombre de los generales Torcuato Mendiri y Genaro de Quesada. Como la mayoría de extranjeros de paso por la capital riojana, aproveché estas ventajas y me subí a un coche partiendo hacia Viana.

El viaje fue bastante corto, gracias al paso muy rápido de nuestras mulas, y bajé a un pueblo encaramado en una colina que dominaba todo el país. Apenas había desmontado cuando vi a cinco oficiales con brillantes uniformes y una singular gorra en la cabeza. Cualquiera que haya visitado los Pirineos puede imaginarse la boina vasca; sólo hay que imaginarla mucho más grande y colocada con afectación en la oreja para hacernos una idea de los jóvenes cabecillas que me encontré al bajar del coche. Examiné con curiosidad estos ejemplares de carlistas y, mirando a la multitud, vi más de cincuenta soldados cuyas boinas indicaban las mismas simpatías políticas. No sé qué ganas de ver llegar a los soldados de don Alfonso XII se apoderaron de nosotros, y fuimos a visitar una gran iglesia que había frente a la Casa Consistorial. Habíamos caído de Caribdis a Escila y estábamos entre varios centenares de carlistas que escuchaban con fervor una misa cantada celebrada en honor de su liberación. Nos miraron con buena voluntad llena de caridad cristiana, pero nos pareció más prudente avanzar entre la multitud hacia la entrada del pueblo.

¡Qué multitud! Los soldados carlistas bromeaban con las bellas mujeres navarras, y los oficiales de don Carlos conducían a encantadoras señoritas para mostrarles a los prisioneros. Estos jóvenes oficiales de don Carlos eran casi todos tipos altos y apuestos, vestidos de uniforme, que aún no habían experimentado ni el polvo de los caminos ni las lluvias tormentosas tan frecuentes en Navarra. Hablaban muy alto y sus sables resonaban sobre los sucios adoquines de Viana, mientras la población los miraba con admiración. Algunos de estos defensores del derecho divino llevaban capas y galones que demostraban, de forma incontestable, que habían sido oficiales españoles antes de ser carlistas. Cuando una cara ligeramente extraña pasaba entre la multitud, la charla se detenía y todos miraban al intruso.

Era raro que no se escuchara la palabra “guiris”; esta palabra, en boca de un carlista, puede tomar cualquier significado que se desee; ¡Pero en general sólo se aplica a los malditos liberales! Sobre las nueve, la multitud empezó a avanzar hacia el camino de Logroño. Dudé cuando un joven oficial carlista me dijo con el más puro acento parisino: “Sería mejor que fuera en dirección al cementerio. » No tardé en entablar una larga conversación con el joven cabecilla, que lucía tres galones dorados y la boina navarra. Nos mostró una deferencia muy particular, y sólo se separó de nosotros en el momento en que la columna alfonsina apareció en el camino de Logroño.

El motivo lo entendí después, porque estábamos rodeados de un centenar de oficiales carlistas, muchos curas de Estella, una multitud poco amable con los extranjeros y los liberales. Varios oficiales carlistas no dejaron nunca de intervenir de esta manera para evitar a sus anfitriones las molestias de un fanatismo sin igual. He visto pasar a los hijos de muchos cabecillas. El hijo de Mendiri y el hijo de Ollo nunca dejaron de acompañar a los oficiales alfonsinos, y el soldado carlista mostraba especial deferencia hacia sus líderes. Hemos reconocido a muchos de los hombres más notables del carlismo. El Marqués de Valdespina, con las insignias de su sordera, pues no se inmutaba ante un disparo de cañón, caminaba muy cerca del señor marqués de Villadariad, nombre bastante conocido en nuestros bulevares. Un poco más adelante vimos oficiales de todas las armas y los carlistas habían decidido convencernos de que tenían artilleros, porque seguramente los uniformes de algunos ejemplares de este cuerpo nunca habían sido usados ​​antes del 16 de junio de 1875.

Sobre las diez, la multitud empezó a avanzar hacia la carretera de Logroño. Acababa de aparecer la columna de “Guiris”, y la multitud retrocedió para dejar pasar a una decena de jinetes, que sólo se detuvieron frente a la casa donde los esperaban los comisarios carlistas. El coronel alfonsino siguió al joven Mendiri y su conferencia duró más de una hora. Se acordó que el intercambio de prisioneros se realizaría frente al cementerio de Viana. Un pelotón de jinetes carlistas partió a trote rápido para despejar los límites de la llanura. Entonces vimos un espectáculo muy curioso. Las tropas liberales llegaron a desplegarse en fila a un lado de un vasto campo. Los oficiales de don Alfonso XII galoparon hacia el centro del prado, donde se detuvieron frente a una mesa flanqueada por seis sillas.

Aproximadamente en el mismo momento llegaron quinientos soldados carlistas a paso gimnástico y se desplegaron, mientras la banda del 6º de Navarra tocaba una jota aragonesa. Inmóviles como estatuas, los oficiales alfonsinos esperaron todo el tiempo a que el coronel carlista nos demostrara la perfecta disciplina de sus soldados. Tres oficiales carlistas se separaron de su línea y fueron a saludar a los delegados con espadas desenvainadas en la mano. Desmontamos y durante cuatro largas horas se discutió el intercambio y se verificaron las condiciones y las listas.

A un pintor le hubiera gustado reproducir este extraño cuadro. Sin duda habría puesto al fondo de su lienzo el cerro y el pueblo de Viana con una multitud de campesinos contemplando los dos pequeños ejércitos.

Él lo habría hecho mejor que yo con esta multitud de campesinos que pesadamente se negaban a mantener el alineamiento que les imponían los jinetes carlistas. Entre la multitud pudimos ver los numerosos uniformes de los soldados de don Carlos, y grupos de oficiales deambulando por las líneas de ambos campamentos. Cuatro compañías de la 1ª y 6ª de Navarra se desplegaron en un lateral de la plaza, frente a 400 jóvenes soldados de la reserva de Ronda. Las lanzas del 1º de Navarra se desplegaron frente a los húsares de Pavía.

Lo que quizás habría escandalizado a cualquier ejército que este del país fue el espectáculo de los oficiales carlistas y alfonsinos caminando en la más perfecta armonía. Se contaba que habían estado juntos en la escuela militar y hablaban de Madrid o de mil recuerdos compartidos. Por lo tanto, en estos grupos había oficiales carlistas que habían desertado de sus regimientos en el ejército nacional. En la plaza de honor se encontraban algunas jóvenes y esposas de oficiales, que bromeaban con los jóvenes cabecillas.

Podemos decir que todo iba muy bien hasta que aparecieron los presos de Estella. Entonces ocurrió un extraño fenómeno: los grupos se dispersaron, los oficiales carlistas recuperaron sus caballos y los pocos jefes alfonsinos se acercaron a sus soldados. Los rostros se volvieron tristes y fríos. ¿Por qué?

Seiscientos setenta y seis soldados y catorce oficiales desfilaron lentamente para posicionarse detrás de las compañías de la reserva de Ronda.

Vi algunas escenas muy tristes en las guerras franco-prusianas, pero nada más repugnante que el desfile de los prisioneros liberales. Los oficiales estaban en un estado lamentable, pero los soldados nos sorprendieron mas. Los primeros en desfilar fueron los carabinieros apresados ​​por Perula en Calahorra, en agosto de 1874. Luego pasaron los prisioneros de Lacar.

Es difícil hacerse una idea de estos rostros dañados y de estas ropas andrajosas. Nos preguntamos si estos hombres podrían haber sido soldados del segundo cuerpo. Por delante de ellos, alegres y robustos, pasaban los prisioneros carlistas, a quienes las autoridades militares incluso habían regalado ropa nueva. Resulta casi difícil creer que los navarros se atrevieran a insultar a sus desafortunados prisioneros. Don Carlos cometió un gran error al permitir que los fanáticos de Estella insultaran a los prisioneros liberales. Por la actitud avergonzada de los oficiales carlistas se pudo comprobar lo incómodos que se sentían ante estos prisioneros que aceleraban el paso para alcanzar más rápidamente la línea liberal. Tan pronto como se alinearon frente a los soldados de reserva, los prisioneros se arrancaron las gorras y las mantas y las hicieron pedazos.

Los soldados los ayudaron, y estos pobres desgraciados parecían alegrarse cuando destruyeron las insignias de su doloroso cautiverio.

Las formalidades del intercambio no se completaron hasta las seis de la tarde, por lo que muchos liberales se preguntaron si los carlistas habían intentado obligar a los liberales a llevar a sus prisioneros a Logroño después del atardecer. De hecho, los oficiales del rey Alfonso XII no pudieron llegar al puente de Logroño antes de las siete y media de la tarde. La entrada no fue menos brillante a pesar del retraso y ayer por la tarde los prisioneros fueron aplaudidos. Los habitantes de Logroño les dieron muchas muestras de simpatía, y los oficiales ofrecieron un banquete a los jefes que tanto tiempo habían estado prisioneros del enemigo.

Los carlistas concedieron gran importancia a este intercambio de prisioneros, y varios oficiales de la facción dijeron ayer en Viana que se consideraban auténticos beligerantes. El ministerio del Sr.
Cánovas del Castillo creyó necesario ceder a las súplicas de los padres de estos prisioneros; pero los intercambios de Cataluña, el centro y Viana se llevaron a cabo con formalidades y concesiones que permitieron a los carlistas afirmar más que nunca sus pretensiones como beligerantes. Señalaban a todo el mundo los términos de sus acuerdos de intercambio y los procedimientos que debían utilizar los generales alfonsinos. Sin embargo, olvidan señalar que los generales Quesada y Martínez Campos tuvieron que hacer concesiones en este terreno para salvar a los prisioneros de una muerte casi segura.

El intercambio terminó satisfactoriamente para ambas partes y los seiscientos setenta prisioneros fueron devueltos a sus familias. Hubo escenas muy conmovedoras en las calles de Viana, así como en las calles de Logroño. Cuando dejamos de lado los odios religiosos y las pasiones partidistas para contemplar estas humildes emociones de los campesinos navarros pobres o de los liberales abrazando en su pecho al niño que pensaban que nunca volverían a ver, no podemos evitar maldecir la guerra civil. Contemplé algunas escenas extrañas y conmovedoras al mismo tiempo. En lo más profundo de la naturaleza humana existen estos impulsos y estas devociones que hacían vacilar a los viejos soldados más endurecidos. Ayer vi a una vieja campesina que había venido del fondo de las Amescoas, y cuando pasaron los prisioneros, ella lloraba en silencio al costado del camino. Preguntó dónde estaba su único hijo y el delegado carlista no se atrevió a decirle que frente al nombre, en su hoja, estaba la palabra: muerto. Esta madre tuvo que regresar sola a su pueblo, allá arriba en las montañas. También vi en Logroño a un viejo oficial que venía corriendo de Extremadura para ver a su hijo que llevaba once meses ausente y encarcelado. El viejo soldado abrazó a este muchacho alto de diecinueve años, y de repente el instinto de la sangre le hizo lanzar una terrible exclamación al oír la tos hueca y siniestra del joven subteniente: “¡Niño! ¡Cómo estás tosiendo! » Su hijo regresó de las cárceles de Estella con dolores en el pecho. Estos son espectáculos que causan más daño que las batallas de la guerra civil y, sin embargo, la raza española está tan dotada de descuido que los prisioneros y sus familias apenas parecen sentir resentimiento contra sus carceleros en Estrella.

Todos estos prisioneros partieron para un largo permiso y la opinión general es que se reanudarán las hostilidades. El general Quesada telegrafió a los oficiales del Estado Mayor con la orden de regresar a Tafalla lo antes posible. Las tropas alfonsinas se retirarán a las orillas del Ebro, tras haber dejado guarniciones en los fuertes de Carrascal y Monte Esquinza.

Se supone que se producirá un choque antes de ocho días y parece muy oportuno para destruir las malas influencias de los intercambios de prisioneros y, especialmente, los efectos de una inacción prolongada.

AGUILAR.

------o0o------

Lettre d'Espagne.
Une Page de guerre civile.
Logrono, 17 juin 1875.


Pour la première fois depuis trois ans les habitants de la Navarre ont assisté à une véritable suspension d'armes. Tout le territoire de Viana et la route royale entre ce village et Logrono ont été déclarés neutres en vertu d'une convention signée par les commissaires délégués au nom des généraux Torcuato Mendiri et Gennaro Quesada. Comme la plupart des étrangers de passage dans la capitale de la Rioja, j'ai profité de ces avantages et je suis monté dans un voiture qui partait pour Viana.

Le voyage fut assez court, grâce à l'allure très-vive de nos mulets, et je descendis dans un village perché sur une colline qui dominait tout le pays. A peine avais-je mis pied à terre que j'aperçus cinq officiers avec de brillants uniformes et un singulier bonnet sur la tête. Tous ceux qui ont visité les Pyrénées peuvent se figurer le béret basque ; seulement il faut se le figurer beaucoup plus grand et posé avec affectation sur l'oreille pour se faire une idée des jeunes cabecillas que je rencontrai en descendant de voiture. J'examinais avec curiosité ces spécimens de carlistes, et, promenant mes yeux sur la foule, je vis plus de cinquante soldats dont le béret indiquait les mêmes sympathies politiques. Je ne sais quel désir de voir arriver les soldats de don Alphonse XII s'empara de nous, et nous allâmes visiter une grande église en face de la maison de ville. Nous étions tombés de Charybde en Scylla et nous étions au milieu de plusieurs centaines de carlistes qui 'écoutaient avec ferveur une messe basse célébrée en l'honneur de leur délivrance. Ils nous regardèrent avec une bienveillance pleine de charité chrétienne, mais nous avons cru plus prudent de nous diriger à travers la foule vers l'entrée du village.

Quelle foule ! Les soldats carlistes plaisantaient avec les jolies Navarraises, et les officiers de don Carlos conduisaient de charmantes senoritas pour leur faire voir les prisonniers. Ces jeunes officiers de don Carlos étaient presque tous de grands et beaux gaillards revêtus d'uniformes qui ne connaissaient encore ni la poussière des grand routes ni les pluies d'orage si fréquentes en Navarre. Ils parlaient très haut et leurs sabres résonnaient sur les méchants pavés de Viana, tandis que la population les regardait avec admiration. Quelques-uns de ces défenseurs du droit divin avaient des tuniques et des galons qui établissaient, d'une façon incontestable qu'ils avaient été officiers espagnols avant d'être carlistes. Quand un visage un peu étranger passait au milieu de cette cohue, les causeries cessaient et tous regardaient l'intrus.

Il était rare quand on n'entendait le mot de « guiris »; cette parole, dans la bouche d'un carliste, peut prendre toutes les significations qu'on voudra; mais en général, elle n'est appliquée qu'aux maudits libéraux! Vers neuf heures, la foule commença là se porter sur la route de Logrono. J'hésitais quand un jeune officier de lanciers carliste me dit avec le plus pur accent parisien : « Vous ferez mieux d'aller dans la direction du cimetière. » Je ne tardai pas à entamer une longue conversation avec le jeune cabecilla, qui portait trois galons d'or et la boina des Navarrais. Il nous montra une déférence toute particulière, et ne se sépara de nous qu'au moment où la colonne alphonsiste parut sur la route de Logrono.

J'en compris le motif plus tard, car nous étions entourés de cent et quelques officiers carlistes, de beaucoup de curés venus d'Estella, d'une foule peu bienveillante pour les étrangers et les libéraux. Plusieurs officiers carlistes ne cessèrent de s'interposer ainsi pour éviter à leurs hôtes les inconvénients d'un fanatisme sans égal. J'ai vu passer les fils de bien des cabecillas. Le fils de Mendiri et celui d'Ollo n'ont cessé d'accompagner les officiers alphonsistes, et le soldat carliste montrait une déférence toute particulière pour ses chefs. Nous avons reconnu bien des hommes les plus marquants da carlisme. Le marquis de Valdespina, avec les insignes de sa surdité. car il ne broncherait pas devant un coup de canon, marchait tout près de M. le marquis de Villadariad, un nom assez connu sur nos boulevards. Un peu plus loin on voyait des officiers de toutes les armes et les carlistes avaient résolu de nous persuader qu'ils avaient des artilleurs, car les uniformes de quelques spécimens de ce corps n'avaient sûrement jamais été portés avant le 16 juin 1875.

Vers dix heures, la foule commença à se porter vers la route de Logrono. La colonne des « Guiris » venait de paraître, et la foule recula pour laisser passer une dizaine de cavaliers, qui ne s'arrêtèrent que devant la maison où les attendaient les commissaires carlistes. Le colonel alphonsiste suivit le jeune Mendiri, et leur conférence dura plus d'une heure. Il fut convenu, que l'échange des prisonniers aurait lieu en face du cimetière de Viana. Une escouade de cavaliers carlistes partit au grand trot pour dégager les abords de la plaine. On vit alors un spectacle fort curieux. Les troupes libérales vinrent se déployer en ligne sur un des côtés d'un vaste champ. Les officiers de don Alphonse XII partirent au galop vers le milieu de la prairie, où ils s'arrêtèrent devant une table flanquée de six chaises.

Au même instant à peu près, cinq cents soldats carlistes arrivèrent au pas gymnastique et se déployèrent, tandis que la musique du 6e de Navarre jouait une jota aragonaise. Immobiles comme des statues, les officiers alphonsistes attendirent tout le temps qu'il plût au colonel carliste de nous démontrer la parfaite discipline de ses soldats. Trois officiers carlistes se détachèrent de leur ligne et ils vinrent saluer l'épée nue à la main les délégués. On mit pied à terre, et pendant quatre longues heures on discuta l'échange et on vérifia les conditions et les listes.

Un peintre eût aimé à reproduire ce bizarre tableau. Il aurait sans doute mis au fond de sa toile la colline et le village de Viana avec une foule de paysans qui contemplaient les deux petites armées.

Il eût rendu mieux que je ne le puis cette foule de paysans qui se refusaient sourdement à conserver l'alignement que lui imposaient les cavaliers carlistes. Dans la foule on apercevait les nombreux uniformes des soldats de don Carlos, et des groupes d'officiers parcouraient les lignes des deux camps. Quatre compagnies du 1er et du 6e de Navarre étaient déployées sur un côté du carré, en face de 400 jeunes soldats de la réserve de Ronda. Les lanciers du 1er de Navarre étaient déployés en face des hussards de Pàvia.

Ce qui eût peut-être scandalisé toute autre armée que celle du pays, c'était le spectacle des offieiers carlistes et alphonsîste se promenant dans la plus parfaite des harmonies. On se racontait qu'on avait été à l'école militaire ensemble et l'on causait de Madrid ou de mille souvenirs communs. Il y avait pourtant dans ces groupes des officiers carlistes qui avaient déserté leurs régiments dans l'armée nationale. Il y avait dans la carré d'honneur quelques jeunes filles et des femmes d'officiers, qui plaisantaient avec les jeunes cabecillas.

On peut dire que tout se passa fort bien jusqu'au moment où parurent les prisonniers venus d'Estella. Alors il se passa un phénomène étrange : les groupes se dispersèrent, les officiers carlistes reprirent leurs chevaux, et les quelques chefs alphonsistes se rapprochèrent de leurs soldats. Les visages devinrent tristes et froids. Pourquoi ?

Six cent soixante-seize soldats et quatorze officiers défilèrent lentement pour aller se placer derrière les compagnies de la réserve de Ronda.

J'ai vu des spectacles bien tristes dans les guerres franco-prussiennes, mais rien de plus écœurant que le défilé des prisonniers libéraux. Les officiers étaient dans un état pitoyable, mais les soldats nous étonnaient. Les premiers qui défilèrent furent les carabiniers pris par Perula à Calahorra, en août 1874. Ensuite les prisonniers de Lacar passèrent.

Il est difficile de se faire une idée de ces traits abîmés et de ces vêtements en haillons. On se demandait si ces hommes avaient pu être les soldats du second corps. Ea face d'eux, gais et robustes, passaient les prisonniers carlistes, à qui les autorités militaires avaient donné même des habits neufs. Il est presque difficile da croire que les Navarrais osèrent insulter leurs malheureux prisonniers. Don Carlos a commis une faute énorme quand il a permis aux fanatiques d'Estella d'insulter les prisonniers libéraux. On voyait à l'attitude embarrassée des officiers carlistes combien ils se sentaient mal à l'aise devant ces prisonniers qui accéléraient le pas pour gagner plus vite la ligne libérale. A peine rangés devant les soldats de la réserve, les prisonniers arrachèrent leurs bonnets et leurs couvertures pour les déchirer en morceaux.

Les soldats les aidaient, et ces pauvres malheureux paraissaient joyeux quand ils eurent détruit les insignes de leur pénible captivité.

Les formalités de l'échange ne se terminèrent pas avant six heures du soir, si bien que beaucoup de libéraux se demandèrent si les carlistes n'avaient point essayé de forcer les libéraux à conduire leurs prisonniers à Logrono après le coucher du soleil.

En effet, les officiers du roi Alphonse XII ne purent arriver au pont de Logrono avant sept heures et demie du soir. L'entrée ne fut pas moins brillante malgré ce retard, et les prisonniers furent acclamés hier soir. Les habitants de Logrono leur ont donné bien des marques de sympathie, et les officiers ont offert un banquet aux chef qui avaient été si longtemps prisonniers de l'ennemi.

Les carlistes ont attaché une grande importance à cet échange de prisonniers, et plusieurs officiers de la faction disaient hier à Viana qu'ils se considéraient comme de vrais belligérants. Le ministère de M.
Canovas del Castillo a cru nécessaire de céder aux instances des parents de ces prisonniers ; mais les échanges de la la Catalogne, du centre et de Viana ont été accomplis avec des formalités et des concessions qui ont permis aux carlistes de revendiquer plus que jamais leurs prétentions de belligérants. Ils signalent à tout le monde les termes de leurs conventions d'échange et les procédés que les généraux alphonsistes ont dû employer. Ils oublient pourtant de constater que les généraux Quesada et Martinez Campos ont dû faire des concessions sur ce terrain pour sauver les prisonniers d'une mort presque certaine.

L'échange s'est terminé d'une façon satisfaisante pour les deux partis, et les six cent soixante-dix prisonniers ont été rendus à leurs familles. Il y a eu dans les rues de Viana, tout comme dans les rues de Logrono, des scènes fort touchantes.

Quand on laisse de côté les haines religieuses et les passions de parti pour contempler ces humbles émotions de pauvres paysans navarrais ou libéraux étreignant sur leur poitrine l'enfant qu'ils ne croyaient plus revoir, on ne peut pas ne point maudire la guerre, ci vile. J'ai contemplé quelques scènes bizarres et touchantes à la fois. Il y a, dans le fond de la nature humaine, de ces élans et de ces dévouements qui font fléchir les vieux soldats les plus endurcis. J'ai vu hier une vieille paysanne venue du fond des Amescoas, et quand les prisonniers ont passé, elle pleurait silencieusement au bord de la route. Elle demanda où était son fils unique et le délégué carliste n'osa lui dire qu'en face du nom, sur sa feuille, était le mot : mort. Cette mère dut retourner seule à son village, là-bas dans la montagne. De même j'ai vu à Logrono un vieil officier accouru de l'Estramadure pour voir son fils absent et prisonnier depuis onze mois. Le vieux soldat embrassa ce grand garçon de dix-neuf ans, et tout-à-coup, l'instinct du sang lui fit pousser une exclamation terrible en entendant la toux creuse et sinistre du jeune sous-lieutenant : « Enfant ! comment tousses-tu! » Son fils revenait poitrinaire des prisons d'Estella. Ce sont des spectacles qui font plus de mal que les combats de la guerre civile, et pourtant la race espagnole est si bien douée d'insouciance que les prisonniers et leurs familles semblent à peine éprouver quelque rancune contre leurs geôliers d'Estrella.

Tous ces prisonniers sont partis pour de longs congés, et l'opinion générale est que les hostilités vont reprendre. Le général Quesada a télégraphié aux officiers d'état major l'ordre de rentrer à Tafalla le plus vite possible. Les troupes alphonsistes vont se replier sur les bords de l'Ebre, après avoir laissé des garnisons dans les forts du Carrascal et du Mont-Esquinza.

On suppose qu'un choc aura lieu avant huit jours, et il semble fort opportun pour détruire les mauvaises influences des échanges de prisonniers, et surtout les effets d'une inaction prolongée.

AGUILAR.

Canje de prisioneros en Viana, 1875

Título: Canje de prisioneros en Viana
Autores: Félix Cariñanos San Millán
Localización: Piedra de rayo. Revista riojana de cultura popular, Nº 44, 2014, págs. 72-91
Fuente: Euskal Memoria Digitala - Fundación Sancho el Sabio 
Ficha y pdf (requiere registro)



Batalla de Viana, 1834

Título: Batallas y acciones, Viana (4-IX-1834)
Fuente Museo de Zumalacárregui


Título: Escuadrones de Lanceros carlistas atacan a los Cazadores de la Guardia liberal en Viana
Autor: Vallejo, José
Grabador: Cibera
Imprenta: Imprenta de la Sociedad de Operarios del mismo Arte, Madrid
Libro/ Álbum / Doc. Archivo: Historia militar y política de Zumalacárregui, y de los sucesos de la guerra de las provincias del Norte, enlazados á su época y á su nombre
Fecha Soporte: 1844
Fuente: Álbum SIGLO XIX Diputación Foral de Guipúzcoa

Tío Tomás y Viana

Título: Tío Tomás : souvenirs d'un soldat de Charles V
Autor: Alexis Sabatier
Fecha: 1836
Publicacion: Bordeaux : Granet, 1836.
Ficha 1 Gallica
Ficha 2 google books
Ficha 3 Biblioteca Virtual de Patrimonio Bibliográfico
 retrato de Zumalacarregui copiado de Henningsen

Enfin, le 4 septembre, Zumalacarregui apprend à Santa-Cruz-de-Campezu, où il était avec quelques bataillons, que Carondelet, qu'il n'appelait que le cobarde (lâche), se trouvait à Viana, ville distante de deux lieues de Logrono.
Viana est placée sur une hauteur qui n'est point dominée de près, et c'est cette position d'une facile défense que Carondelet occupait avec les restes du régiment provincial de Valladolid, le 16e. de ligne, et environ 400 chevaux. Malgré l'infériorité numérique de ses troupes, malgré les fatigues, résultats de nos longues courses, Zumalacarregui, qui n'avait pas une seule pièce pour soutenir l'attaque, n'hésita point à marcher sur cette colonne ; et, par une marche forcée, il arriva avec trois bataillons jusques aux portes de la ville. Une partie de la colonne ennemie nettoyait ses armes. Les christinos, qui nous croyaient loin d'eux, nous prenant sans doute pour des troupes amies, nous laissèrent arriver sur eux sans se mettre en état de défense.
Bientôt, mais trop tard, ils s'aperçurent de leur méprise. Le rappel fut battu, et les troupes se formèrent; mais nos premiers feux les forcèrent à quitter la ville où Carondelet abandonna les compagnies ti service, qui se renfermèrent dans l'église. La cavalerie et l'infanterie se formèrent dans la plaine située entre Viana et l'Ebre.
Zumalacarregui s'avança promptement contre les lignes ennemies, dont la déroute et la dispersion furent complètes, après une courte lutte. L'ennemi, vivement poursuivi, fit sans ordre sa retraite dans la direction de Logrono, où il arriva à la nuit, ce qui nous empêcha de le poursuivre davantage.
Le 16e. perdit son drapeau ; plus de 200 soldats, et plusieurs officiers restèrent sur le champ de bataille.
Nous ne fîmes qu'une centaine de prisonniers , dans le nombre desquels se trouvaient 8 officiers, qui furent fusillés cinq ou six jours après. Les soldats prisonniers demandèrent et obtinrent des armes.
Dans cette action, la première pour lui depuis qu'il était au service de Charles V, un français, nommé Lacour, ex-sergent du 4e- léger, nommé sous-lieutenant dans ma compagnie, fut se mettre, sur la permission que je lui en donnai, à vingt pas de la cavalerie, et, immobile, il brûla à cette distance une vingtaine de cartouches. Dans cette même action, il fit de ses mains plusieurs prisonniers. J'ai connu peu d'hommes ayant sur le champ de bataille autant de courage et de sang froid que lui.
Pendant que Zumalacarregui battait de nouveau Carondelet à Viana, Rodil faisait occuper le Bastan, espérant empêcher par-là la communication de l'armée royale avec la France. Cette mesure, prise dès le principe de la guerre, aurait peut-être servi à la cause de la reine ; mais à cette époque, c'était une faute, puisque la garnison [...]

Juan Hernández, "El Pelao" o "El Tuerto"

Juan Hernández, "El Pelao" o "El Tuerto"
(Viana ¿? - Ujué-San Martín de Unx, 1811)

Guerrillero, luchó contra las tropas francesas y operó anárquicamente por gran parte de Navarra, sin someterse a nadie. Llegó a disponer de hasta cien caballos.
La ciudad de Viana no se libró de los desmanes de este guerrillero y de su partida. Robó en su propio pueblo hasta la plata de las iglesias y el Ayuntamiento de Viana, en informe de 11 de marzo de 1811, al referirse a los robos y asesinatos de este guerrillero, lo calificó de "monstruo de la Humanidad" manifestando que a este inicuo comandante se le temía más que al enemigo.
Como Espoz y Mina tenía muchas quejas de nuestro paisano "El Pelao", que al disolverse el "Corso Terrestre de Navarra" había visto incrementarse su partida con casi todos los jinetes de Mina "El Mozo", se la tenía guardada y buscaba la ocasión para cogerle la vuelta y apoderarse de su partida.
"El Pelao", barruntando esto, huyó con sus soldados a La Rioja en el mes de julio. En la primera mitad de septiembre, Espoz pasa con dos compañías a La Rioja. En Calahorra, una vez ambos frente a frente, El Pelao convino (aunque de mala gana) unir sus fuerzas a las de Espoz, asistiendo a la acción de Cuzcurrita y al desastre de Belorado, bajo las órdenes de Lucas Górriz.
El 1 de diciembre, Górriz llegó a Lumbier, con la mayoría de los supervivientes de Belorado, entre ellos El Pelao, bien ajeno al trágico final que le aguardaba.
Espoz y Mina fusiló al guerrillero vianés en Ujué o en San Martín de Unx. Cuenta la tradición que Espoz y Mina quería apoderarse de su caballo.
Fuente: Ujue - Pueblos de España

Album de personajes carlistas con sus biografías

Título :  Album de personajes carlistas
Autor: Francisco de Paula Oller
Fecha: 1887
Publicación : Biblioteca Tradicionalista. La Propaganda Catalana. Barcelona
Fuente:  www.navarra.es
Formato: PDF

Tomo III. Pag. 38 (508 pdf)
SEÑOR DON SIMÓN DE MONTOYA

Don Simón de Montoya y Ortigosa nació en Viana el día 28 de octubre de 1834. En julio de 1850 ingresó en clase de cadete en el Colegio General Militar, y promovido a Alférez de Infantería a los cuatro años de estudios, fue destinado al Regimiento de la Constitución, de  guarnición en Madrid, en donde recibió el bautismo de fuego con motivo de las ocurrencias de los días 17, 18 y 19 de julio de 1854, ganando en dichos días el grado de Teniente. Prestó luego el servicio de su clase en el Regimiento de América, de guarnición en Pamplona y Zaragoza, hasta que en noviembre de 1856 fiue nombrado Ayudante de Campo del General D. Francisco Ortigosa.
El 3 de marzo de 1857 ascendió el Sr. Montoya a Teniente, por antiguedad, y siguió desempeñando el cargo de Ayudante de Campo del General ya citado, hasta noviembre de 1866, en que pasó a la situación de reemplazo despues de haber obtenido en 1864 el empleo de Capitán por antiguedad, y en 1868 el grado de Comandante, por gracia general.
Destinado el Sr. Montoya, a fines de Marzo de 1872, al batallón Reserva de Burgos, se incorporó a él en esta capital; en septiembre del mismo año se le concedió la Cruz de la Orden militar de San Hermenegildo; sirvió después en el batallón Reserva de Logroño, y, por último, solicitó y obtuvo su retiro en abril de 1873.
El día 30 de julio de este año incgresó en el Ejército carlista, a cuyas filas le llevaron sus propias convicciones, sus nobles sentimientos y las tradiciones de su familia (carlista de abolengo). Presentado a Don Carlos de Borbón [...]

Simón de Montoya y Ortigosa
Album de personajes carlistas - 1887

Campaña del Norte de 1873 a 1876

Título :  Campaña del Norte de 1873 a 1876
Autor: Antonio Brea
Fecha: 1897
Publicación : Biblioteca Popular Carlista, Barcelona
Fuente:  archive.org
Formato: web
Simón Montoya y Ortigosa

Campaña del Norte de 1873 a 1876 - 1887

El marqués de Cerralbo visita Viana, 1891

Título: Viaje del Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo por Guipuzcoa y Navarra. Crónica y discursos
Autor: Juan Vázquez de Mella
Fecha: Septiembre1891
Fuente: Biblioteca Digital Hispanica
Ficha
PDF
Tras los buenos resultados de los carlistas en las elecciones de febrero de 1891, Enrique de Aguilera y Gamboael, marqués de Cerralbo y representante de pretendiente don Carlos (Carlos VII), organizó un viaje de propaganda por Guipuzcoa y Navarra unos meses mas tarde. El viaje comenzó el 25 de septiembre en Tolosa. Luego continuaron por tren a Panplona con una breve escala en Alsasua. Después se dirigieron a Estella, con paradas intermedias en Óbanos, Puente la Reina, Mañeru y Cirauqui. Desde Estella hicieron excursiones a Monte Muru, Irache y Montejurra. La siguiente y última etapa terminó en Viana con parada previa en Los Arcos.
Enrique de Aguilera, marqués de Cerralbo
En cada fin de etapa se repetía la misma agenda de actos: oficio religioso, banquete, visitas a lugares de interés como escuelas, fábricas o sitios históricos carlistas, y por último, una velada política con proclamas y discursos. En centro de operaciones era siempre el Círculo Carlista de la localidad que visitaban. 
Juan Vázquez de Mella
Cuando la comitiva se encontraba a unos tres kilómetros de Viana llegó corriendo a su encuentro Botarrón, agitando la boina roja, y lanzando gritos de júbilo y vivas delirantes al Rey y al marqués de Cerralbo. Detrás de él apareció un grupo de jóvenes que también gritaban contestando a los vivas de Botarrón. A su llegada a la ciudad tuvieron un recibimiento multitudinario, la gente se agolpaba en el Muro y siguió a la comitiva entre vítores cuando después de bajarse de los coches continuó hasta la plaza, que estaba llena a rebosar. Luego entraron, los visitantes y los vianeses, a la iglesia de Santa María, donde se rezó un padre nuestro por el alma de Simón Montoya, que había muerto poco después de las elecciones de febrero a las que se presentaba como diputado por partido judicial de Estella. A la salida de la iglesia se dirigieron al Círculo y mas tarde a descansar. Por la noche, llegó el turno de la velada política en el Círculo, con sus discursos y proclamas, que se escuchaban también desde la plaza, pues mantuvieron los balcones abiertos. A la mañana siguiente, después de oír misa, visitaron el convento de la monjas. Allí la superiora, Sor Simona, les enseñó las dependencias del convento, el hospital, las escuelas y la iglesia de San Francisco, y al marcharse les regaló medallas de la Milagrosa. Llegada la hora de la comida se dirigieron de nuevo al Círculo donde se celebró el banquete. Mientras sonaba la música, hasta nueve platos de abundante y auténtica comida navarra fueron servidos por jóvenes vianesas, hijas de los socios. Después de los brindis y los aplausos, pasearon por las calles, visitaron la Casa Consitorial, vieron el sepulcro de Cesar Borgia. Y ya se despidieron, marcharon a caballo hasta Recajo, cruzaron el Ebro en barca y tomaron en la estación de Recajo el tren con destino Miranda.
Carlos de Borbón y Austria-Este, duque de Madrid (Carlos VII)
El mismo año del viaje se publicó este libro que comentamos con la crónica de la excursión y los discursos del marqués de Cerralbo. El cronista del viaje fue un joven periodista asturiano llamado Juan Vázquez de Mella. Éste había dejado el periodismo hacía poco para dedicarse por completo a la política y la propaganda carlista. Años mas tarde, el marqués de Cerralbo irá dejando de lado sus inquietudes políticas desarrollado su faceta de coleccionista y arqueólogo, legando a su muerte al Estado Español su palacio de Madrid y su colecciones, hoy convertido en el Museo Cerralbo, en Madrid. Vazquez de Mella sería elegido diputado por Navarra en las elecciones siguientes, las de 1893, y continuaría en la política carlista de forma activa. Hoy sólo reconocemos su nombre por las calles o plazas que le dedicaron a su muerte.

30 de septiembre de 1891 (Página 78)

Botarrón - Entrada en Viana. 
Media legua antes de llegar á la histórica ciudad cuyo nombre llevaron los primogénitos de los reyes navarros, vimos destacarse en el límite de la carretera la marcial figura de un hombre del pueblo que agitaba con una especie de entusiasmo epiléptico la roja boina y prorrumpía en estridentes gritos de júbilo y vivas delirantes al Rey y al marqués de Cerralbo. Mirábamos con curiosidad al extraño personaje, cuando la rapidez de su marcha y la velocidad de los coches nos permitió contemplarle de cerca.  Es Botarrón—nos dijeron sonriendo los amigos de Viana que nos acompañaban y que hacían esfuerzos por quitar la borla y moderar los ímpetus del más inquieto y desasosegado de los carlistas. 
Seco, moreno, nervioso, con ojos llameantes, Botarrón es una especie de convulsionario carlista que tiene en vez de sangre algo así como el jugo ardiente de las cepas navarras mezclado con pólvora ó dinamita. No para ni sosiega, y el ¡viva Carlos VII! es en él como una interjección que le sirve para rellenar los concisos períodos de su lenguaje espartano. Naturaleza inflamable, vehementísima, propenso á la exaltación y el frenesí, es á la vez dócil como un niño á los mandatos de los jefes, cuando después de amonestación cariñosa le ordenan con rostro severo que dé tregua á sus apasionamientos y muestre la calma posible, que no es mucha en ánimo tan turbulento y organismo tan neurótico. 
Servicial y cariñoso, no olvidaremos Falcó y yo al diligente centinela de nuestros aposentos, que á las primeras horas de la mañana nos hacía despertar sobresaltados al ronco grito de ¡viva Carlos VII!, pronunciado casi al oído, mientras agitaba al borde del lecho la boina en la convulsa mano; y después de una pausa en que el sueño, disipado bruscamente, dejaba lugar á que se manifestase el buen humor en regocijadas risas, oíamos de labios de Botarrón este saludo cristiano, realista y marcial, que hasta tiene los tonos imperativos de la ordenanza: «Buenos días nos dé Dios para servirle. Arriba y ¡viva el Rey!»
Deleitábase el marqués de Cerralbo contemplando aquel extraño heraldo que se nos aparecía como abreviatura y compendio de los entusiasmos de Viana, cuando comenzamos á divisar ligera tropa de aguerridos muchachos que, como vanguardia, se aproximaba á los coches contestando con estrepitosa gritería los vivas de Botarrón.
Viana, levantada sobre una alta meseta y rodeada en parte de vieja muralla, se destaca á manera de fortaleza sobre la carretera. Apenas bajados de los coches oimos clamor confuso de aclamaciones, y al levantar la vista al a altura vimos inmensa hilera de gente que agitaba boinas, pañuelos y sombreros, y cada vez con más estruendo repetía los vivas al marqués de Cerralbo.
Aquellas larguísimas filas de carlistas tendidas á la carrera asemejaban ejército que presenta las armas á su caudillo, como diciendo: Manda, que estamos dispuestos. La fila fué replegándose sobre sí misma á medida que nos acercábamos á la ciudad, hasta convertirse en columna cerrada primero, y después en torrente de humanas cabezas, que se desbordaba por las calles é invadía por completo la hermosa plaza, juntando todos los gritos, exclamaciones y vítores en una voz clamorosa ensordecedora que parecía salir de los pulmones de una legión de gigantes, haciendo vibrar el aire con esta frase, constantemente repetida: ¡Viva el marqués de Cerralbo!
Cruzando con mucha dificultad entre la compacta muchedumbre, dirigióse el representante del Rey á la soberbia iglesia, cuya portada del Renacimiento, adornada de hermosas esculturas, cautiva y admira, y allí le siguió la multitud, extendiéndose en oleadas por las naves del espacioso templo, estrecho para contenerla. Después de una estación, el marqués de Cerralbo pidió que se rezase un Padrenuestro por el alma de D. Simón Montoya, y de todos los labios, con redoblado fervor, se elevó al cielo la oración, que parecía ascender como una súplica de la caridad y un homenaje de la fe, envuelta en el vapor de las lágrimas que surcaban las mejillas de muchos compañeros de armas del heroico é inolvidable soldado.
Después de la iglesia, casa de Dios, pasó el marqués de Cerralbo al Círculo, casa del Rey, que se levanta casi enfrente del suntuoso templo, que forma uno de los lados de la gran plaza de Viana. La recepción excuso decir que fué cordialísima y entusiasta. 
Aunque los salones del Círculo son espaciosos, puede decirse que el público comenzó junto á la mesa presidencial y se extendía por habitaciones, pasillos, corredores y escalera, dilatándose por toda la plaza, convertida por la multitud en antesala del casino carlista. 
El digno presidente dio en sentidas palabras la bienvenida al señor marqués de Cerralbo, que, conmovido con tan extraordinarios agasajos, contestó expresando la gratitud que le embargaba, porque no parece otra cosa—dijo—el espectáculo que estoy presenciando sino la obra acabada que por noble y generosa emulación estáis realizan-do para demostrarme que en Navarra el entusiasmo no quiere tener límites como la lealtad, y si al oir aclamaciones frenéticas y recibir obsequios sin cuento parece tocarse la cumbre del amor carlista, siempre el punto siguiente demuestra que aún es posible mayor ardimiento y entusiasmo más grande. 
Los vivas y aplausos estrepitosos al Rey y al marqués de Cerralbo nos hicieron comprender toda la verdad de las anteriores palabras. 
La velada. 
Por la noche el estallido de los cohetes y morteretes y los acordes de la música anunciaron la velada, siendo el marqués de Cerralbo acompañado por la Junta del Círculo desde la casa inmediata de un distinguidísimo correligionario, que prodigaba las atenciones y los obsequios al ilustre huésped. Los salones y dependencias del Círculo estaban cuando comenzó la velada ocupados por una masa de carlistas que hacía de todo punto imposible el tránsito. 
Pronunció el digno presidente breves y entusiastas frases dando las gracias al delegado real por su visita, é inmediatamente el marqués de Cerralbo desde la mesa presidencial, entre aclamaciones y aplausos, cantó como bardo inspirado las grandezas y hazañas de la raza euskara, enumerando las maravillosas empresas acometidas por los navarros y los altos hechos de reino tan glorioso, cuyos fueros, exenciones y libertades tuvieron en el representante de Carlos VII propugnador elocuentísimo, que al despedirse en Viana de la patria de Sancho el Fuerte quiso dejarle como recuerdo, más que un discurso político, una oda espléndida que fuese como trasunto y espejo de la tradición de un pueblo heroico y á la vez suma de ejemplos que con el prestigio de sublimidades históricas encienda más las 
voluntades en el fuego del amor á la causa que resume tales maravillas.
No cesaron los vivas y los aplausos hasta que el delegado de Navarra, D. Salvador Elío, subió á la tribuna, y con frase tan sencilla como elocuente hizo notar las grandezas de la causa tradicionalista, condensada en la Monarquía cristiana, que tiene por ley la unidad católica y la variedad foral, por madre la iglesia, por hija la patria, por vida la historia, y por símbolo y representación augusta el Rey. Nueva salva de aplausos y vivas abrió un paréntesis entre el discurso de Elío y la subida de D. Ulpiano Errea á la tribuna.
El bizarro jefe y diligente y celosísimo diputado habló elocuentemente, con el enérgico acento y la concisa palabra militar que presta tintes tan severos y viriles á la oratoria, de los orígenes de la reconquista pirenaica que. como la astúrica, nace bajo el amparo de la Cruz, y permanece fiel en todo el proceso de la historia al sello religioso de los primeros días que marcó con señal indeleble á los descendientes de Aitor, haciéndolos vasallos de Cristo y subditos del Rey, para ser libre y emancipada hermandad de todo yugo tiránico. 
Las palabras del Sr. Errea echaron más combustible á la hoguera del entusiasmo, y en tan caldeada atmósfera tocóle hablar al que esto escribe, exponiendo en poco más de una hora los deberes políticos de los carlistas, que además de las obligaciones militares, tan admirablemente cumplidas en las ocasiones solemnes, exigen sacrificios no tan grandes, pero provechosos y útilísimos en los tiempos de paz material y desorden moral para que, al cesar la revolución mansa y estallar la fiera, no se encuentre la causa tradicional con muchedumbre dispersa, sino con legiones bien dispuestas y apercibidas para la lucha, esperando, arma al brazo, que los vientos del radicalismo sectario hagan sonar el clarín de las batallas para marchar hacia las trincheras enemigas detrás de la boina de Carlos VII, como iban confiados los guerreros de Ibry en pos del penacho blanco del navarro Enrique IV.
Terminó la magnífica velada á los acordes de la música, que dejó oir el hermoso himno de D. Carlos.

Las hijas de San Vicente Paúl - Las Ordenes religiosas. 
A la mañana siguiente, 1.° de Octubre, después de oir Misa y admirar las riquezas de la iglesia, acompañamos al marqués de Cerralbo al magnífico convento que ocupan esos ángeles de la caridad que se llaman Hijas de San Vicente Paúl. 
Muchos sacerdotes acompañaban al marqués, y entre las personas agregadas á su comitiva el número de las que entraron en el convento pasaba de 30.
Sor Simona es el tipo perfecto de la Hermana de la Caridad. Devorada por el celo del Señor, inteligentísima, enérgica, activa hasta el punto de no darse un instante de reposo, une á la austeridad de acrisoladas virtudes la dulzura y amabilidad de la más solícita enfermera, y al atractivo de quien vive aspirando el perfume de la inocencia, educando á aquellos que el Salvador invitaba para que se congregasen á su lado, una elocuencia espontánea que fluye de sus labios, con el encantador abandono y desaliñoque tanto deleita en la prosa de la doctora avilesa, con la cual tiene, lo mismo que con Sor María de Agreda, muchos rasgos parecidos aquel rostro en que brillan juntos el ingenio y la hermosura del alma. La Comunidad entera participa de las cualidades de la superiora, y el edificio parece reflejarlas como un espejo, mostrando en la pulcritud nimia y el esmero y orden admirable cuan justa es la estima y veneración con que toda la ciudad de Viana ama á las humildes Hijas de San Vicente, y les entrega confiados à sus pequeñuelos, con la seguridad de que en vez de una tendrá varias madres. 
El hospital, las escuelas de párvulos y de niñas, el refectorio, las salas de juego, los dormitorios, el hermoso oratorio, la notable iglesia, todo fué enseñado con obsequiosa y atenta solicitud al marqués de Cerralbo, que no cesaba de elogiar aquel oasis que la caridad embalsa a con su divino aliento.
Invitado con amable insistencia por las Hermanas el autor de estas líneas, se vio forzado á hablar de improviso, escogiendo como tema, en cierto modo impuesto por el lugar mismo, la Caridad y las Ordenes é institutos religiosos, que son como sus órganos sociales. 
Asunto vastísimo que no hizo más que bosquejar, ya que sería vano intento resumir las grandezas de Fulda, Monte-Casino y Cluni, ó compendiar las maravillas señaladas por la pluma del historiador de Los monjes de Occidente, ni enumerar aquellas Atenas de piedra y relicarios del arte, como llamó á los monasterios y conventos un ilustre escritor, ni siquiera mostrar en abreviado boceto los cinco servicios populares y gratuitos de la verdad, la educación, el dolor, la enfermedad y la sangre, dispensados, según la elocuente demostración de Lacordaire, por ese prodigio brotado de los consejos evangélicos que se llama la comunidad cristiana de bienes ó pobreza y sacrificios y que forma las Ordenes apostólicas, docentes, penitentes y militares, que unas veces llevan al teatino á renunciar á la misma limosna, sólo requerida en necesidad extrema, al hospitalario á ser presidido por un leproso y á la dilatada y nobilísima familia de San Vicente Paúl á cumplir en el siglo del egoísmo la ley de la caridad, dando á los ignorantes la instrucción con los Hermanos de las escuelas cristianas y á los hambrientos y desnudos el alimento y el vestido, no adquiridos en inmorales fiestas como desperdicio del lujo, sino conquistados por la súplica amorosa de las Hermanitas de los pobres, como óbolo del justo ó desprendimiento del pecador arrepentido, logrado en nombre de Cristo conforme á aquel sublime axioma: «La limosna aprovecha más al que la da que al que la recibe.» 
Mientras no se levante—nos decía el marqués de Cerralbo—la fábrica al lado del convento, no imperará el patronato cristiano, y hasta que esto no suceda el colectivismo seguirá reclutando huestes y sembrando rencores primero y ruinas y escombros después.
Profundamente emocionados, y besando la medalla que nos regaló Sor Simona, salíamos del convento, cuando al pasar delante del refectorio experimentó el marqués de Cerralbo una grata sorpresa al ver que le mostraban un anciano enfermo que se apresuró á saludarle, y por instigación de los allí presentes relató de la manera más pintoresca el primer choque que los lanceros de Zumalacárregui tuvieron en las cercanías de Viana con los lanceros cristinos. 
Aquellos que el veterano consideraba por los lujosos uniformes, que tanto contrastaban con la pobreza de las vestimentas carlistas, legión de capitanes, y según la rectificación de un amigo suyo escuadrón de médicos, fueron vencidos y dispersos por los que no tenían tan brillantes alamares en el pecho, pero sí más vigor en el brazo. 
Recompensó el marqués con la largueza acostumbrada al pintoresco narrador, y salimos del convento seguros de que en las oraciones de las Hermanas tendríamos un recuerdo, que por ser en plegarias de ángeles es el recuerdo más agradable para un católico.

El banquete. 
El salón del Círculo, artísticamente adornado, era estrecho para contener los comensales. La comida, verdaderamente navarra, fué fastuosa. Nueve platos tan fuertes como abundantes hicieron decir al marqués de Cerralbo que aquello no era un banquete, sino nueve banquetes en uno. 
Hermosas jóvenes, hijas de los socios, deseosas de oir los brindis y dando muestras de lo que es la mujer navarra, verdadera espartana católica que mantiene en el hogar la llama del heroísmo, llevaron su entusiasmo hasta el punto de servir la comida, deseando hacer, según decían, lo mismo con el rancho de campaña cuando sonase la hora de brindar con los cañones. 
Al destaparse las botellas de champagne brindó el presidente por el Rey y el marqués de Cerralbo. El delegado del Rey lo hizo en términos elocuentes por la Monarquía tradicional y las libertades forales que Carlos VII ha prometido y jurado y restaurará como principio esencial de la bandera inmaculada que sin desmayos tremola. Y concluyó brindando por Viana y el ilustre Villoslada, enfermo y ausente. 
Aplaudidísiinas fueron las brillantes frases del señor marqués de Cerralbo, y lo mismo fueron recibidas las de D. Salvador Elío, que lo hizo por el Rey y las libertades y franquicias de Navarra, expresándose en el mismo sentido el veterano general Lerga y el que traza estas líneas. 
Durante el banquete tocaba la música escogidas piezas, y la multitud que llenaba la plaza unía sus aplausos á los de los comensales, pues estando abiertos todos los balcones, algunos como yo hablaban desde una silla dirigiéndose alternativamente á los de dentro y á los de fuera. 
El banquete, como la recepción y la velada, puede decirse que tenía el Círculo por centro y por salón la plaza. 
Salida de Viana. 
Después de pasear por los alrededores de la histórica ciudad, contemplando sus ricos contornos, cruzamos las calles, donde se levantan, como recuerdo de pasadas grandezas, palacios y viejos caserones, que ostentan orgullosos, cual signo de ilustre origen, los enormes escudos en que aparecen 
los timbres heráldicos de las familias más  nobles de Navarra, y vimos en un antiguo torreón la puerta, hoy tapiada, por donde, en el silencio de la noche, se evadió César Borgia, el sepulcro que guardó sus restos, y la hermosa Casa Consistorial, tan llena de riquezas diplomáticas y de tradiciones nobiliarias y concejiles. 
Calcúlese cuánta sería en tiempos pasados la aristocrática reunión de familias esclarecidas en Viana, cuando en un acta de Ayuntamiento que se conserva aparecen firmando siete concejales cruzados como 
Caballeros en distintas Ordenes militares. 
Evocando este pretérito glorioso como anuncio de un futuro que le vuelva renombre y esplendor, y sintiendo separarnos de población tan leal y caballeresca, salimos con el marqués de Cerralbo á la próxima estación de Requejo, montados en buenos caballos. 
El mismo entusiasmo de la víspera, los mismos vítores y aclamaciones—aunque en el rostro de los que decían cariñosamente al marqués: ¡Que lleve feliz viaje, señor!, se notase el dejo triste que deposita en los corazones el dolor de la despedida—resonaron cuando el delegado de D. Carlos, con cerca de 30 jinetes, que parecían en los briosos caballos escolta de honor, salió de Viana para pasar el Ebro. 
El pequeño escuadrón iba alejándose por la vega, y todavía resonaban los vivas y se agitaban boinas y pañuelos en la alta meseta de Viana. Luego perdimos de vista ciudad de tan gratos recuerdos, y entre las nubes de polvo que levantaba el rápido trotar dé los corceles distinguíase el único infante que, corriendo y saltando, caminaba siempre á la descubierta, llevando gran delantera á los caballos. Era Botarrón que, lanzando la boina roja al alto y dando saltos de gimnasta, aún grifaba ¡viva Carlos VII! con voz que el ejercicio continuo había casi vuelto afónica. 
Cruzamos el Ebro. Al poco tiempo llegó el tren; despidiéronse los amigos, menos la Comisión de Pamplona, que acompañó al marqués de Cerralbo hasta Miranda, y por las ventanillas del vagón miramos con tristeza, más allá de la línea que marca el Ebro, los altos de España, y detrás nos pareció ver al pueblo generoso, altivo y caballeresco que peleó con Sancho el Grande en Calatañazor, arrollando las huestes hasta entonces invencibles del más temido de los caudillos agarenos; el que atravesaba el Muradal, junto al Paso de la Losa, y en el llano de las Navas servía de invencible cohorte á Sancho el Fuerte cuando alzaba la potente maza ó hacía llamear á la luz del sol, teñido en sangre de almohades, el mandoble que esgrimía sobre la consternada guardia negra de Aben-Jacub; el que con Coquerel y San Superano realizaba épicas hazañas en el Ática y conquistaba á Acaya y negociaba con Bayaceto domeñando los restos del poder angevino; el que renovó las antiguas proezas en Arguijas y en Wad-Ras, y demostró en Monte-Muru y Montejurra y acaba de probar ahora que tiene entre sus fueros uno que la revolución no ha podido arrebatarle: la constancia heroica y el tesón que da el honor conservado con una lealtad sublime que hace de aquellos pechos que no dan asilo á las traiciones muralla sagrada en que toda invasión extraña encontrará término, y donde las olas cenagosas del liberalismo, después de fieros embates, tendrán que retroceder impotentes y abatidas, dejando al descubierto los muros ciclópeos del alcázar foral que se levantará en toda Vasconia como el arca de la libertad cristiana después del diluvio de sangre y de ignominias de la revolución impía.
¡Volveré!, dijo el marqués de Cerralbo, repitiendo la frase de Carlos VII en Valcarlos, y el Rey y su representante sabrán cumplir la palabra.

La batalla de Viana, 1834

Título: Carga del general Zumalacárregi en Viana, 4/11/1834
Autor: Augusto Ferrer-Dalmau
Fecha: siglo XXI


Más sobre Augusto Ferrer-Dalmau

Más sobre la batalla de Viana

Simón Montoya y Ortigosa (1834 -1891)


Título: Simón Montoya y Ortigosa (Viana, 1850-1891).
Fuente: Enciclopedia Navarra
Brigadier carlista. Ingresó en 1850 como cadete en el colegio general militar. Teniente en 1854, dos años más tarde era ayudante de campo de su tío el brigadier Ortigosa; ascendió a capitán en 1864 y a comandante en 1868. En 1873 pasó al campo carlista, y obtuvo el grado de teniente coronel en las acciones de Allo, Dicastillo y Estella. Participó en la toma de Orbaiceta y en las batallas de Montejurra y Velabieta. En Abárzuza ganó el ascenso a coronel y obtuvo la faja de brigadier en la batalla de Lácar (1875). Tomó parte en el bloqueo de Pamplona, hasta que enfermó de gravedad y se retiró a Francia. En 1887 fue nombrado por Carlos VII delegado suyo en Navarra.

Título: Simón Montoya y Ortigosa (Viana, 1834-1891).
Fuente: Ayuntamiento de Viana
General Carlista, nació el 28 de octubre de 1834, bautizándolo dos días después en la iglesia de San Pedro. Siendo comandante en el Ejército Nacional pasó voluntariamente a las filas carlistas en julio de 1873, donde fue nombrado general. Se distinguió valientemente en la acción de Santa Bárbara de Mañeru, donde recibió la cruz roja de segunda clase del Mérito Militar. En 1874, al frente de un puñado de hombres, hizo frente al general Moriones, echándolo de Biurrun en lo que se conoce como la acción de Biurrun. Por su heroismo en Abárzuza (1874) (de su batallón salió la bala que mató al general Concha) y Monte Muru, ascendió a coronel. En febrero de 1875 en la gran batalla de Lácar, ganó la faja de brigadier. Murió el 10 de febrero de 1891 a los 57 años.




Panteón en el cementerio de Viana de la familia Montoya y Ortigosa 
en el que se encuentra enterrado

Otros datos:
Fué candidato carlista por el distrito de Estella en las elecciones generales de diputados de 1891, muriendo pocos días despues. Derrotado por el candidato Ochoa (Independiente).
Desautorizó al "El Tradicionalista" como periódico carlista.


Otras referencias

Sor Simona, drama en tres actos y cuatro cuadros

Título: Sor Simona
Autor: Benito Pérez Galdós
Fecha: 1915
Fuente: Biblioteca Virtual Universal
Formato: PDF

Fecha: 1959
Datos de edición: Madrid,  Novelas y Cuentos (Diana Artes Gráf.)
Tipo de Documento: Libro
Descripción física: 36 p.; 23 cm


...
Sor Simona. Llevadme a Viana.

Clavijo. (Con alegria.) Muy bien.

Natika. (Llorando se agarra a la falda de Sor Simona.) Lléveme señora.

Miguela y Sampedro. Y a mi, y a mi.

Sor Simona. Sí, venid conmigo; desde Viana continuaré consagrando mi pobre existencia al socorro de los infelices y menesterosos; pero libremente... libremente... (Con elevada entonación) Quiero ser libre, como el soplo divino que mueve los mundos. (Todas las figuras de esta última escena se agrupan convenientemente para formar un hermoso cuadro.).

Telón

Fin del drama

Galdós y los actores


De intento hemos dejado para último lugar al maestro venerado. Su obra es una comedia: Sor Simona y se ha estrenado en el Infanta Isabel en medio de demostraciones de afecto al primer escritor de España, al hombre bueno á la gloria—una de las más puras y quizás la más indiscutible— del arte español.
El carácter, el tono, la clasificación de Sor Simona han de estudiarse y hacerse rápidamente por el lector, si tiene en cuenta otras obras galdosianas que son su antecedente cronológico y estético, y hasta ético, podría decirse, si no hubiera una igualdad absoluta en la moral de Galdós a través de tolas sus producciones. Sor Simona es Celia en los infiernos en cuanto al fondo, claro está. Y decimos Celia como podríamos decir cualquiera de sus hermanas, las protagonistas de Electra, Los condenados, La loca de la casa, otras tantas más.
La proyección espiritual de Sor Simona tiene el calor y la intensidad de todas las obras de don Benito que ejerce un verdadero apostolado desde la escena. Amor y libertad es la médula de su credo. Sor Simona es un nuevo alegato en pró de la libertad v el amor.
Sor Simona es una religiosa de San Vicente de Paul. De joven tuvo un amor que fué padre de un desengaño. El hombre á quien quería se casó con otra. Entonces sus sentimientos tomaron una derivación religiosa. Se consagró á la caridad. Estalla la guerra carlista y la apasionada, ya transformada en Sor Simoua, presenta algunos síntomas de locura. Consiste su pacifica manía en desear — como deseaba Santa Teresa, la monja á quien llamaba el Obispo Acuña fémina inquieta y andariega— el camino y el aire libre. Durante el asalto al pueblo donde residía la comunidad,
Sor Simona escapa y va de aldea en aldea, tenida en opinión de Santa.
En un pueblo la facción carlista encuentra á Sor Simona, la cual cura solícitamente á sus heridos. En esto son apresados por los centinelas tres espías liberales, Son dos hombres y un muchachito, casi un niño, estudiante de Vitoria, al que le encuentran cosido en las ropas una orden de un general liberai á las fuerzas que operan detrás del territorio ocupado por los carlistas.
Sor Simona reconoce en el niño al hijo de aquel hombre que había amado tanto en su juventud. Para salvarle dice que es su propio hijo y que ella sólo es la culpable de que lleve la orden, pues se la puso, sin advertirlo él, en su traje.
El sacrificio no se consuma. Los generales liberal y carlista acuerdan un canje de prisioneros, y Sor Simona y el estudiantito forman parte de loa canjeados. El chico vuelve con su familia y ella reanuda sus andanzas y sus inquietudes.
Este es el argumento de Sor Simona.La ternura de Galdós ha revestida la comedia de un dulce resplandor. Además hace gala de sus ideas liberalisimas en diversos pasajes. Los diálogos entre Sor Simona y el Sacris, un cabecilla carlista, son un alegato más en la polémica que siempre ha sostenido Galdós entre el espíritu reaccionario y el liberal.
El interés de Sor Simona y su sustancia espiritual han proporcionado un triunfo más al viejo incansable é inagotable. Con Galdós María Gámez y Pallavi recibieron el homenaje de las gentes.
TOMÁS BORRAS


Otros

La segunda guerra carlista, guerra de vascos

Título: La segunda guerra carlista, guerra de vascos
Autor: Antoñana Chasco, Pablo
Fecha: 1998
Formato: PDF
Fuente: Euskomedia
Ficha

Canje de prisioneros en Viana (Navarra), 16 junio 1875 - 3

Título: Historia del carlismo
Autor: Oyarzun, Román 
Fecha: 1944
Edición: Editora Nacional
Formato: Google book
Fuente: Google Books
En verano de 1875 se celebró el primer canje importante de prisioneros en Viana, el cual fue presenciado por una muchedumbre enorme. Representaban a los carlistas el ex-diputado a Cortes don Luis Trelles de Noguerol y el Coronel Martínez Junquera, que llevaron al campo donde se verificó el canje dos compañías del 6º batallón de Navarra, que a la sazón mandaba Junquera, y dos del 1º, más una sección de lanceros del Rey y la música del 6º batallón. Y ostentaban la representación alfonsina don José López de Goicoechea y el Coronel del Estado Mayor don Isidro Llull, con cuatro compañías de infantería, una sección de caballería, una sección de húsares de Pavía y la banda de uno de los batallones. Se canjearon 680 hombres que entregaron a los carlistas contra 634 que libertaron los liberales.

Canje de prisioneros en Viana (Navarra), 16 junio 1875 - 2

Título: Canje de prisioneros del ejército de la nación y carlistas, verificado el 16 del actual en Viana (Navarra). Junio 1875
Autor: Padró Pedret, Ramón (1848-1915)
Fecha: 1875
Edición: La Ilustración española y americana Año XIX. Núm. 24. Madrid, 30 de junio de 1875
Formato: PDF





También damos en la pág. 408 un grabado que representa el canje de prisioneros verificado el 16 del actual en los campos de Viana,—según croquis del conocido dibujante D. Ramón Padró, testigo presencial.
Asistieron al acto secciones de tropas del ejército y carlistas, en igual número, que formaron en línea de batalla á distancia de 100 metros unas de otras ; al lado estaban los prisioneros respectivos, y en el centro del cuadro habia sido colocada una sencilla mesa, á la cual se sentaron los individuos de las comisiones liberal y carlista que debian verificar la entrega y firmar el acta.
A la primera de éstas pertenecían: el comisionado don José de Goicoechea, el comandante de Estado mayor don Isidoro Llull y el capitán D. Félix del Cast lio; á la segunda, el comisionado D. Luis de Trelles, el titulado coronel D. Marcelino Martínez de Junquera-y el titulado comandante D. Laureano de Larraniendi.
Según datos que tenemos por exactos, la entrega de los prisioneros carlistas dio un resultado de 634 hombres que representaban 707 unidades de canje, y la de los prisioneros del ejército ascendió á 686 hombres, representando a 726 unidades.