Leyendas y tradiciones estellesas (1938)

Título: Leyendas y tradiciones estellesas
Autor: J. M. Pedrosa
Fecha: 1938
Fuente: Gobierno de Navarra. navarra.es
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Bien sonado es este nombre en la región estellesa; pero también es cierto que salvo en Bargota, y en algún otro pueblecito de sus alrededores, se desconocen completamente los detalles interesantes que caracterizaron la vida de este nigromántico navarro del siglo XVI.
Hasta que la docta pluma del ilustrado canónigo bibliotecario de Roncesvalles, don Agapito Martínez
Alegría, escribió y publicó su vida y «milagros», nadie, si no es incidentalmente, se había preocupado
de sacar del olvido al brujo de Bargota.
Nosotros conocíamos, años há, varios episodios de su accidentada vida, por los relatos que escucháramos a los que en la última guerra civil habitaron transitoriamente aquella legendaria villa.
Como merece ocupar dignamente un lugar en esta galería de tradiciones, vamos a tratar de él, siquier
sea brevemente. Su nombre, fantástico y real, por lo novelesco de su existencia le hace acreedor a ello.
Como nuestra narración ha de ser breve, el amable lector que, despierto su apetito, desee saciarlo satisfactoriamente, no tiene más que gastarse diez y seis reales y pedir, en cualquier librería de la provincia, la obra «La batalla de Roncesvalles y el Brujo de Bargota», que el citad o autorpublicó en 1929 en los talleres tipográficos de «La Acción Social» de Pamplona», y podrá regalarse sabrosamente.
Y conste que no es reclamo y sí solamente deseo de guiar a los lectores que les haya picado el inquietante gusanillo de la curiosidad.
* * *
Johanes el de Bargota, más conocido por «El Brujo de Bargota», vino al mundo en la citada villa navarra, mediado yá el siglo XVI, siendo sus progenitores y ascendientes de rancio abolengo y desahogada posición, a juzgar por la blasonada casa solariega, por los ilustres apellidos que ostentaba
y por otras noticias que conjuntamente con su misteriosa vida nos han transmitido las pasadas generaciones.
Combinaciones de familia o impulsos de su afición, le hicieron inclinarse, ya mayor, por los estudios
eclesiásticos, cursando en la floreciente Universidad de Salamanca, emporio de la cultura de su época, donde al mismo tiempo se inició en las tenebrosas artes de la magia que tan negra fama le habían de dar más tarde en su tierra, cuando, ya clérigo, vino a posesionarse de una capellanía que
en la parroquia de su pueblo natal fundara un antepasado suyo, cuyo pingüe beneficio fue verdaderamente el resorte que le movió a estudiar.
Aquel apego e inclinación que mostró por las diabólicas artes, tan en boga en los comienzos de la época moderna, y que cultivó durante los cuatro años de su permanencia entre la grey estudiantil, le extraviaron de por vida, si bien en sus postreros días se retractó pública y sinceramente.
Cátate, lector, un clérigo beneficiado sentado orondamente en su silla de coro, entonando maquínalmente los salmos, con más afición a los sortilegios y ribetes de nigromancia que devoción por el latín y las rúbricas, qué efecto no causaría y a qué escándalo no daría lugar en una noble villa de la Montaña de Navarra, donde tanto apreciaban la religiosidad y buenas costumbres.
Tan discordes cualidades no pudieron cuajar, por tanto, entre las de sus convecinos y paisanos,
por lo que las relaciones llegaron a gran retraimiento por ambas partes, saludándose someramente y
huyendo de su sombra, como vulgarmente se dice, — aunque, según cuentan, carecía de sombra por haberlaperdido en lucha con el demonio—, para evita r cualquier mala influencia que la fama y los hechos le venían dando.
En el ambiente rural de Bargota, su categoría de clérigo, y por ende, de hombre de letras, tenía que
sobresalir su nombre y merecer respeto; pero la negra fama de brujo que le precedía, prontamente
autorizada por sus hechos, chocó tan fuertemente, que tuvo que aislarse del monótono tra to social de
los lugareños, dedicándose a sus desganados rezos, a atender las tierras que heredara y a ciertos
días misteriosos entre sus librotes, redomas y ungüentos. El h o rro r con que siempre se ha mirado la brujería y a quienes la practican, y en aquel entonces mucho más por estar en su apogeo, pudo más
que los atrayentes hábitos que ostentaba. Solamente se le veía al acudir, muchas veces
ya comenzados los oficios, al coro y cuando salía a dar una vuelta por sus tierras, distantes del
pueblo.
Las cábalas, suposiciones y comentarios a que su extraordinaria conducta daba lugar eran las continuas hablillas de sus convecinos, ya que si cualquier triv ia l asunto, en los vecindarios reducidos, da materia para hablar de largo, los interesantes, como en este caso, eran más que suficientes para charlar interminablemente.
En el resbaladizo terreno de las conversaciones sostenidas en las cotidianas tertulias caseras cimentaban la fama de Johanes; quién, contando sus hazañas misteriosas; quién, atribuyéndole cualidades sobrenaturales; quién, deslizando suavemente «haber oído» cómo cabalgaba a su antojo sobre las nubes, atraídas a su mágico conjuro; quién, asegurando haberle visto ejercer su extraordinario poder en determinados casos.
Y daban por cosa cierta su presencia en los aquelarres de Viana y Montes de Oca, donde las supersticiones más vergonzosas eran la orden del día de tan nefandas reuniones.
Y efectivamente, en aquellos actos demoníacos nocturnos que la Inquisición, al juzgarlos severamente, hizo famosos, podían haberlo visto muchas noches.
A llí se perfeccionaba en el manejo de los morteros, mezclas y ungüentos con que poder obrar nuevos
prodigios; allí ampliaba los conocimientos mágicos puestos en práctica.
Y esa era su vida; más que de simple clérigo, de romántico operador de la ciencia diabólica y de la
magia blanca.
Así que para los limitados alcances y credulidad de sus coetáneos eran maravillas de su hechicería
muchas de las aventuras en que intervenía o que le atribuían, y que, hábilmente examinadas, resultaban solamente juegos de ilus ión óptica limpiamente ejecutados.
Y así han pasado de unos a otros en ta l categoría, y nos han llegado hasta la hora presente, por
narraciones sucesivas de padres a hijos y como sucedidos ciertos, entre otros: la misteriosa construcción de su casa en una sola noche; el rebaño de doscientos chivos que hizo salir de su corral para re d im ir a un pobre de las garras de un tacaño usurero; la pública escapatoria de su tocayo Juan Lobo, el bandido de Punicastro, que, encerrado en Bargota, salió ileso gracias a sus ungüentos; el trueque de la pierna cuando cierta noche fueron a prenderle los ministros de la ju s tic ia in q u is ito ria l de Logroño; los encantamientos que hizo encima de la plaza de toros de la coronada v illa de Madrid, en presencia de miles de espectadores; el castigo  ingular que empleó con el abad de Otiñano; la ju garreta que le «gastó» a un testarudo arriero de Aguilar, atándole la recua en la torre de Santa María de Viana, y varios más divertidos y regocijados sucesos, verídicos o imaginarios, que pueden verse por extenso en la mencionada obra.
Sobre la vida de Johanes y sobre la adjuración de sus errores, que realizó en sus últimos años, in fluyó grandemente Viana, cuya ciudad tenía para él dos poderosos atractivos: sus mejores fincas a
su entrada, que visitaba a menudo, y la «casa de las brujas» en el arrabal de la Magdalena, donde
periódicamente acudía y en cuyo caserón vivía la famosa «ciega de Viana», condenada por el Tribu
nal de la Inquisición de Logroño^en 1610, y que pereció  en las llamas por su obstinación.
A llí presenció Johanes, sí que como mero espectador, el espeluznante y bárbaro descuartizamiento
del anciano Conde de Aguilar, a quien la cieguecita, con sus brujerías y encantamientos, pensó alcanzarle la inm ortalidad en la tierra.
El natural fracaso de este acto inhumano dio lu gar a que, descubierto por la justicia, interviniera
el Tribunal del Santo Oficio, y aprehendiendo a to dos los asiduos congregantes de la casa de las brujas, diera con ellos en la cárcel.
En el solemne acto de fe del citado año salió Johanes bastante bien librado merced a las declaraciones
de sus compañeros, en las que resultó no haber sido más que testigo pasivo del caso, bien
que experimentó los rigores del presidio y la condenación por un año a llevar públicamente colgado
del cuello un «sambenito» en el que se leía: «Señor, perdonad al nigromántico», después de adjurar de sus errores y hacer expresa y pública profesión de fe católica.
Suficiente experiencia le fue la adquirida tan a sus expensas en aquellos meses con el referido acto,
sirviéndole para mudar radicalmente su rara manera de v iv ir.
Una vez absuelto y de regreso a su pueblo, lla mó al señor Abad, y haciéndole entrega de sus l i bros
e instrumentos, malditos compañeros suyos durante tantos años, le indicó los quemase p úblicamente,
como condenación del n otorio escándalo que había ejercido.
Todavía v iv ió unos cinco años, cuyo período de tiempo fue de grande edificación para quienes conocieron sus extravíos.
Las horas que antes destinaba a nefastos entretenimientos, las div idía ahora entre la caridad y la
oración. Socorría con largueza a los pobres y menesterosos, y se mortificaba continuamente con
penitencias y sacrificios, en expiación de sus pecados y para b o rra r la amarga memoria que tras sí
dejara.
Llegado su ú ltim o día, retractóse nuevamente de sus pasados yerros en presencia de los vecinos del
lugar, que pudieron atestiguar cómo lo había hecho con lágrimas de verdadero arrepentimiento. Y p idiendo humildemente perdón a todos, dejó de e x is tir. En su testamento legó sus bienes a los pobres de la v illa , perdonando a otros las deudas que con él tenían contraídas.
Esta es, en resumen, la vida de Johanes de Bargota. S i interesante p o r el carácter novelesco que
reviste su nigromancia, más dichosa p o r el feliz remate que tuvo, pudiendo decir con el salmista:
Beati mortui qui in Domino moriuntur (Bienaventurados los que mueren en el Señor).
***
Como final y para regocijo del le c to r vamos a referir brevemente dos casos o aventuras de las que
de él se cuentan. El p rim e r caso dicen le o cu rrió en un viaje que hizo a Pamplona en los «sanfermines» del ú ltim o
año del siglo X V I.
Salió Johanes de su pueblo, de madrugada, muy
emperegilado, y en el «caballíco de San Francisco»
recorrió los buenos setenta kilómetros que hay desde
dicha v illa a la vieja Iruña, adonde llegó muy
entrada la noche y en medio de la animación de
los iruñshemes y las dulzainas. Cansado y maltrecho,
dio prontamente con su acostumbrado parador,
pidiendo, sin más preámbulos, a la mesonera
una cama para reposar.
—Ah! maese Johanes, contestó; por esta vez podéis
dispensar, pero no hay ninguna cama vacía.
De haber avisado vuestro viaje, os guardáramos reservado
un aposento.
—Pues, en ese caso, deme un ruedo de esparto
y guíeme a cualquier pieza de la casa, que mis molidos
huesos no pueden ya con este desvencijado
cuerpo.
Llevóle la mesonera a un aposento donde dormía,
en la única cama que en él había, el Abad de
Otiñano con un sobrino adolescente. Atizó Johanes
el candil que le dejaran, y tosiendo fuerte e in tencionadamente,
despertó al buen cura de su tierra,
y mutuamente se reconocieron; pero ambos,
muy contrariados, supieron disimularlo, si bien
convencido el de Otiñano de que aquella noche
dormía un brujo en su misma habitación. Pidióles
Johanes perdón con mucha mesura, tendió su ruedo
en el suelo, y les dijo, con voz cavernosa y alarmante:
—Miren sus mercedes que yo acostumbro a d o rm
ir sin cabeza.
Los otros, con los ojos casi cerrados por disimular,
pero con la imaginación despierta, mirábanle
sobresaltados. Johanes, aflojando ciertos resortes,
comenzó a destornillarse la cabeza, la cual, al cabo
de unas vueltas, quedó separada del tronco, y fue
a colocarla aparatosamente en la mesa que en el
centro de la estancia había, dejándola, de propio
intento, con el rostro vuelto hacia la cama, a la
que miraba con sanguinolentos y saltones ojos.
Ver esto, dar un grito de h o rro r y saltar del lecho
el Abad y su sobrino, fue cosa de un instante,
y en paños menores salieron del aposento, disparados
como una centella.
Entre tanto Johanes, riendo su treta y ajustándose
de nuevo la cabeza al cuerpo, d ijo para sus
adentros: «¡Veremos cómo salimos de ésta!» Y tendiéndose
en el suelo comenzó a roncar.
Alarmados los mesoneros y sirvientes, subieron
acompañados del Abad y armados de gruesos garrotes;
penetraron en el cuarto, y encontrando íntegro
a Johanes (a quien esperaban ver sin cabeza),
reposando sosegadamente, volvieron a la cocina
y trataron de loco al de Otiñano; el cual, burlado,
vistiéndose prontamente salió de la posada, maldiciendo
la hora en que le ocurrió hospedarse en ella.
Johanes, en vista del buen cariz que tomó el asunto
y satisfecho de su hazaña, se acomodó muellemente
en la abandonada cama, en la que descansó
tranquilamente hasta las altas horas del siguiente
día.
La otra aventura le «pasó» en Viana, donde se
encontraba accidentalmente con motivo de un entie
rro de solemnidad, y a cuyo cabildo correspondía
para estos casos.
Tropezóse a su llegada a la ciudad con un ambelero,
o vendedor de vasija que recorría las calles
voceando la mercancía que llevaba acomodada sobre
dos caballerías. Preguntóle Johanes, entre curioso
y burlón, qué clase de género pregonaba. El
ambulante, que estaba cansado de tanto vocear y
no vender, contestóle de mal talante:
—¡Cuernos llevo! seor bachiller.
—Mejor os fuera llevar cuernos que no vasija de
ambel—díjole Johanes,—y si no, al tiempo,- ya lo
veréis.
Y continuaron cada cual su camino el uno a la
iglesia y el otro a la plaza, a descargar la mercancía
en el puesto acostumbrado, esparciendo por el
suelo su modesto artículo.
Terminado el funeral, los beneficiados con nuestro
Johanes salieron a tomar el sol y charlar por el
pórtico de la parroquia, en espera de «hacer hora»
de la comida. Recayó la conversación sobre las artes
mágicas que tanto en aquella época preocupaban,
y rogaron insistentemente a Johanes hiciese en
su presencia algún prodigio de aquellos que él sabía,
«según era pública voz y fama». Accedió Johanes,
recordando el encuentro de la mañana y deseoso
de dar una lección al irascible ambelero.
Adelantóse a la barandilla del pórtico debajo del
cual tenía éste extendido su género, y sacudiendo
con fuerza su manteo, salió de él una lucida banda
de perdices que. azoradas, fueron a refugiarse presurosas
dentro de los pucheros, ollas y cazuelas
que les brindaban su abrigo. A }a sazón, por ser la
hora del medio día, llegaba y pasaba por la plaza
una cuadrilla de escardadoras con sus azadillas al
hombro ; las cuales, ante la magnífica e inesperada
ocasión que se ofrecía, se lanzaron animosas sobre
las aves, y «zadillazo» va y «zadillazo» viene, golpe
p o r aquí, golpe p o r allá, clis, cías... no dejaron cacharro
sano, sin llegar a cobrar n i una pieza de las
embrujadas perdices, que desaparecieron como po r
encanto. El fuerte y arremolina do v ie nto que soplaba
coronó el éxito de aquel juego de ilu s ió n óptica.
La risa de los beneficiados no es para descrita;
en cambio el ambelero, con las manos en la cabeza
lamentaba inconsolable la catástrofe que había
dado p o r tie rra tan rápidamente con su menguada
fo rtu n a .
A los ru id o s llegó el regidor, y haciéndose cargo
del caso prom e tió al abatido alfarero a dm in is tra r
recta ju s tic ia .
Johanes y los beneficiados bajaron a la plaza, y
dirigiéndose aquél a éstos, les d ijo :
—M ire n vuesas mercedes, que lo que es causa
causae est causa causati.
Y después al ambelero recordó su intemperancia
de la mañana, diciéndole:
—¿Con que no eran cuernos lo que llevaba vuestra
recua? Ved que si fueran tales, como afirm abais,
no llo ra ría is agora «pitos».
Dispuestos los beneficiados a arreglar la cuestión
de los desperfectos ocasionados, prometieron al
reg id or pagar los v id rio s rotos, ya que habían sido
los causantes morales de lo o c u rrid o .
E xprim ien do el b o ls illo abonaron al ambelero a
ducado p o r barba, con lo cual el buen hombre se
d io p o r satisfecho y los beneficiados pagaron cara
la experiencia de ver a Johanes obrando prodigios.
Aun pudo vender el alfarero una tinaja que había
quedado sana por casualidad, dentro de la cual
encontró la compradora una perdicica de papel
muy bien pintada y rellena de guano, la cual pesaba
como una paja, según aseguraban los que la
vieron.

Biografía del Brujo de Bargota (s. XV-s. XVI)

Título: Bargota, Brujo de (s. XV-s. XVI)
Autores: J. M. Pedrosa.
Fuente: MCNbiografias.com


Bargota, Brujo de (s. XV-s. XVI).
Clérigo nigromante español, que vivió entre la segunda mitad del siglo XV y la primera del siglo XVI y del que se desconoce cualquier dato biográfico. Según la tradición popular, debió nacer o ejercer como sacerdote en el pueblo navarro de Bargota.
En 1522, Fray Antonio de Guevara aludió en una de sus cartas a un nigromante llamado Johanes de Barbota, al que consideraba por entonces vivo. Y en el tratado sobre las supersticiones publicado por fray Martín de Castañega, en 1529, también había alusiones indirectas al mismo personaje, que le dan igualmente por contemporáneo. Pero ningún documento seguro se tiene sobre él.
El contraste entre todas las tradiciones literarias y orales, tanto antiguas como modernas, permite afirmar que el suceso más extraordinario atribuido a Joanes de Bargota fue un viaje por los aires, desde Navarra hasta Roma, a lomos de un demonio familiar al que astutamente engañó. El objetivo del viaje fue supuestamente el de auxiliar a un Papa, que debió de ser Alejandro VI (cuyo pontificado duró desde 1492 hasta 1503) o Julio II (que fue Papa entre 1503 y 1513). Según las mismas tradiciones, el Pontífice debía tener relaciones con la esposa de un alto cortesano que tramó el asesinato papal, y el cura de Bargota, sabedor gracias a su demonio familiar de la conjura, pudo entrevistarse con el Papa, revelar la trama y salvar su vida. A cambio de su ayuda y de la promesa de que rompería su pacto con el diablo, el Papa le absolvió de sus pecados. Según ciertas tradiciones, a su regreso a España debió dar cuenta a la Inquisición, pero con resultado absolutorio. En cualquier caso, no se conocen pruebas documentales de sus procesos.
La atribución de este hecho a Johanes de Bargota debe enmarcarse en una amplísima tradición leyendística arraigada desde muy antiguo en Occidente. Con Pitágoras y Plotino se relacionaron en diversas épocas fábulas parecidas. Diversas crónicas francesas de los siglos XI y XII atribuyen hechos muy similares a San Antidio de Besançon. En el XIII, la Crónica General de Alfonso X el Sabio relaciona un viaje parecido con San Atendio, obispo de "Vesytaña". Otras fuentes antiguas relacionaron este tipo de sucesos con Carlomagno, con San Máximo de Turín, e incluso con San Isidoro de Sevilla, caso éste que llegó a evocar Lope de Vega en su obra dramática El capellán de la Virgen. En la Edad Media circularon también por Francia, Italia y otros lugares de la cristiandad diversas leyendas protagonizadas por varios obispos que obligaron al diablo a servirles de cabalgadura voladora hasta Roma con el fin de ayudar a diversos papas, acosados por el Maligno. En el Renacimiento, la misma historia se atribuyó a diversos hechiceros, particularmente al doctor Eugenio de Torralba, personaje histórico cuyo perfil se confundió muchas veces con el de Joanes de Bargota. También fue acusado de realizar viajes parecidos el doctor Francisco López de Villalobos (ca. 1473-1549), célebre médico y nigromante de origen judío, que llegó a pasar ochenta días en prisión por ello. La literatura universal, desde el entremés El mago de Quiñones de Benavente hasta las diversas versiones que del mito de Fausto se han realizado a lo largo de la historia, ha recreado muchas veces el tema.
Numerosas leyendas y tradiciones sobre el Brujo de Bargota siguen vivas en la tradición vasco-navarra actual. Aparte de vuelos y viajes mágicos, se le siguen atribuyendo hechos como el de ser capaz de construir una iglesia en una noche, y muchos otros. Agapito Martínez Alegría se hizo eco, en La batalla de Roncesvalles y el brujo de Bargota. Historia, leyenda y folklore (1929) de las historias orales que en su tiempo circulaban sobre él.

Bibliografía
CAMPOS RUIZ, P., Leyendas y tradiciones estellesas (Pamplona, 1938).

Trampantojos en San Francisco por Francisco del Plano. ca. 1715

Título: Un conjunto de pintura mural ilusionista en la Iglesia de San Francisco de Viana
Autores: Mercedes Jover Hernando
Localización: Príncipe de Viana. Anejo, ISSN 1137-7054, Nº. 11, 1988 (Ejemplar dedicado a: Primer Congreso General de Historia de Navarra. Comunicaciones: Historia del Arte), págs. 257-264. Recoge los contenidos presentados a: Congreso General de Historia de Navarra (1. 1986. Pamplona)
Fuentes:
 - Gobierno de Navarra CGHN-6. Historia del Arte (pdf).
 - Dialnet - Ficha

Retablo Mayor. Monaguillo abriendo la puerta de la sacristía
Retablo de la Virgen de Guadalupe
La iglesia del convento de San Francisco de Viana constituye un interesante ejemplo de pintura mural ilusionista. En su interior alberga una muestra de decoración en trompe-l'oeil única en Navarra. Se trata de una serie de retablos fingidos en los que el artista ha imitado con maestría la mazonería, bultos y cuadros, de tal manera que el ojo del espectador es engañado o cuanto menos confundido.
Esta decoración pictórica que cubre los muros de la cabecera, crucero y capillas laterales de la iglesia, consiste en un conjunto de falsos retablos pintados, que convienen perfectamente al espíritu franciscano de pobreza y sencillez, a una moda vigente en ese momento y muy extendida en Aragón y su ámbito de influencia, a la vez que permite realizar de forma unitaria la ornamentación de todo el interior eclesial, por ser menor su costo. Hoy en día, el conjunto ha perdido gran parte de su esplendor y efectividad barroca, por hallarse los retablos pintados semicubiertos por retablos reales, trasladados desde la derruida iglesia parroquial de San Pedro.
Así, la parte central de todos los retablos fingidos queda oculta. Esperamos que un día no lejano sean retirados los retablos reales y la iglesia recupere su sentido decorativo pleno.
[...]
Del estudio y comparación estilística de las pinturas de Viana y otras obras suyas, creemos poder concluir que el autor de las primeras es Francisco del Plano (1685-1739), artista aragonés cuya actividad artística no está lo suficientemente documentada, pero cuyo estilo pictórico está plenamente definido.
Retablo de la Virgen del Pilar


Otros: 
La apoteosis del color: yeserías y pinturas murales en los siglos del Barroco. Ricardo Fernández Gracia. Cátedra de Patrimonio y Arte navarro. Universidad de Navarra. 2016

Bula de Santa María (1312)

Título: El Archivo de Navarra restaura una bula pontificia concedida a la iglesia Santa María de Viana en 1312
Autor: Nota de prensa del Gobierno de Navarra
Fecha: 25 de julio de 2014
Fuente: navarra.es

El Archivo de Navarra restaura una bula pontificia concedida a la iglesia Santa María de Viana en 1312
viernes, 25 de julio de 2014

El Papa Clemente V otorgó a esta parroquia la potestad de conceder 40 días de indulgencia a los fieles que contribuyeran con donativos o visitaran el templo en determinados días

El Gobierno de Navarra, a través del taller de restauración del Archivo Real y General de Navarra, ha restaurado una bula pontificia concedida por Clemente V en 1312, a la iglesia parroquial de Santa María de Viana, y que constituye un elemento importante del patrimonio documental de la localidad.
Mediante esta bula, fechada en Vienne (Francia) el 6 de mayo de 1312, Clemente V otorgó a la iglesia de Santa María de Viana facultad para conceder 40 días de indulgencia a todos los fieles que contribuyesen con una limosna destinada a las obras de dicho templo o a los que lo visitasen en determinadas festividades. Las festividades eran Santa María Virgen, la Natividad del Señor, la Resurrección, la Ascensión, Pentecostés, todas las festividades de Santa María, todas las festividades de los Apóstoles y sus octavas.
La bula se encontraba entre la documentación que la familia García de Jalón, procedente de Viana, entregó en donación al Archivo de Navarra en el año 2011. Durante el proceso de identificación y organización de esta documentación familiar se observó la existencia de una bula pontificia que en realidad procedía de la iglesia parroquial de Santa María de Viana. Parece ser que en algún momento del siglo XIX la bula se había extraído del archivo parroquial y terminó en casa de los Oñate de Viana, cuyo archivo familiar quedó integrado más tarde en el de los García de Jalón.
Después de su restauración en el Archivo de Navarra, los hermanos García de Jalón, últimos propietarios de la bula, decidieron excluir la bula de la donación familiar para entregarla a la iglesia de Viana, su propietaria originaria. Para hacerlo posible, el pasado sábado 19 de julio se celebró un acto en la iglesia parroquial de Santa María de Viana, en el que el Archivo devolvió la bula restaurada a los hermanos García de Jalón, y estos a su vez la entregaron en donación a la mencionada parroquia.
Debido al transcurso de los siglos, la bula ha perdido tanto el sello pontificio como los sellos de cera de los distintos obispos que confirmaron dicho beneficio. De cualquier forma todavía pueden leerse los nombres de algunos de estos mitrados, como el arzobispo de Compostela, el obispo de Oporto, el obispo de Dax, el obispo de Lescar o el obispo de Palencia. En estos momentos, la bula vuelve a descansar en el archivo parroquial de Santa María de Viana, donde gracias a la mencionada restauración y saneamiento puede contemplarse en toda su riqueza y complejidad.